lunes, 19 de junio de 2017

El tattoo (II)


Ojalá no hubiera escuchado a mi madre cuando me recomendó ir a ver a esa hechicera para que pusiera fin a mi amargura y me procurara un futuro feliz. No podía imaginarme que ese sería el principio del fin. Con su maldito consejo y sus artimañas abrió una puerta que nunca debí atravesar. Pero, a fin de cuentas, el culpable principal fui yo, y ante eso ya no había nada que hacer sino lamentarme. No tardé mucho en maldecir mi testarudez y mis prejuicios. En todo momento maldije el día que decidí ir en busca de ayuda.

Paola siempre se burlaba de lo que ella llamaba supersticiones. Mucha gente ignora el poder que encierran algunas prácticas y objetos mágicos. A los que creemos en ello se nos considera ignorantes. Pero la verdad está ahí y hay pruebas de que estas creencias no son absurdas. Por eso, sabiendo lo peligrosos que pueden llegar a ser algunos de esos ritos tan antiguos como el hombre, todavía no entiendo cómo pude dejarme convencer. Y eso que mi pobre madre me advirtió de que fuera con cuidado.

Dominique, hija y nieta de hechiceras, me habló del Bacá y de sus poderes protectores. Me dijo que si quería obtener prosperidad solo tenía que adquirir uno, que muchos campesinos ponen un Bacá en sus casas para defenderse de las adversidades e incluso de los delincuentes. Nadie se atreve a penetrar furtivamente en una propiedad del dueño del Bacá por temor a su furia endemoniada y si alguien llega a hacerlo y robarle, lo robado aparece antes de tres días y el ladrón recibe un cruel castigo. Pero yo no quería tener eso en casa, pues sabía que mi mujer no me dejaría tenerlo e incluso se desharía de él. “No hace falta que lo compres, Benjamin te lo puede tatuar. Así lo llevarás siempre encima y te protegerá de todo mal. Y al poco verás cómo la vida te sonríe”. Esas fueron, más o menos, sus palabras. Y al día siguiente ya lo lucía en mi hombro derecho. Sabía que a Paola no le agradaría, pero teniéndolo tatuado no podría obligarme a que me deshiciera de él. Lo hice por el bien de los tres, para que no nos faltara de nada. Lo que no me dijo esa bruja fue lo que de verdad se exigía a cambio. ¿Por qué me lo ocultó? Cuando Paola me lo contó quedé perplejo. No podía ser cierto. Pero tenía razón. Yo también lo leí después en internet. No sabía qué pensar. No podía creer que tanto Dominique como Benjamin, que también debía conocer la verdad, me la ocultaran. ¿Con qué propósito? Me tragué eso de que tener un Bacá tatuado no era lo mismo que adquirirlo en su forma física. Me engañaron. Pero, aunque hubiera querido, no habría podido hacer nada contra ellos. A Dominique la protegía su Bacá y seguro que a Benjamin también. Debían estar confabulados. 

Después de nuestra última pelea, intenté que Paola me perdonara y que me readmitiera en su casa, para así extender la protección a ella y a la niña, pero acabó cumpliendo su amenaza y solicitó una orden de alejamiento, que le concedieron creyendo que yo era una persona peligrosa. Lo único malo que hice, lo admito, fue dar por buenas las consecuencias que Dominique me contó: que, dándome felicidad, el Bacá se la robaría a un enemigo o a quien tuviera cerca de mí. No sé por qué lo hice. Pero me sentía tan humillado, tan poca cosa al lado de Paola…

Solo me quedó, pues, un recurso: intentar anular ese pacto diabólico. Pero no sabía cómo hacerlo ni si era posible. Tenía, según había leído, unos cinco años, como máximo, de tiempo antes de que se cobrara sus víctimas, un tiempo que comenzaría a contar desde el momento en que se manifestara el primer efecto protector y ese, por suerte, todavía no se había producido. Hasta el día que me tocó un premio de la lotería.

Cien mil euros. Llevaba varios años jugando, un cupón todos los viernes y en todo ese tiempo ni siquiera me había correspondido un reintegro. Y de pronto eso. Cuando me enteré no sabía si reír o llorar. El maleficio iniciaba la cuenta atrás. Debía darme prisa. Pero el tiempo pasaba y no sabía qué hacer. Entonces pensé en lo más elemental. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Pregunté por el mejor tatuador de la ciudad y fui a su encuentro. 

La única forma de quitarme el tatuaje era, me dijo, eliminándolo con láser. Sería costoso, en tiempo y dinero, y también doloroso dada la complejidad del mismo, pero valía la pena. Muerto el perro, se acabó la rabia, y nunca mejor dicho.

Sin embargo, mis peores temores se hicieron realidad cuando comprobé, horrorizado, que el tatuaje volvía a aparecer, claro y nítido, en tan solo veinticuatro horas. El tatuador no podía dar crédito a lo que veía. Yo tampoco, pero comprendí que aquello era una señal inequívoca de que el maleficio era irreversible.

Fue entonces cuando empecé a beber. Y al poco, al alcohol le acompañó las drogas. El dinero que había ganado salía a espuertas. De seguir así, me volvería a quedar sin nada o bien antes reventaría mi hígado y yo con él.  Necesitaba ayuda y no podía contar con Paola. Solo tenía a mi madre con quien desahogarme. Y así lo hice.

Cuando le conté lo que ocurría y en la situación en la que me encontraba, me prometió que iría a ver a Dominique. Algo habría para deshacer el pacto o lo que fuera con lo que me había comprometido. La conocía desde hacía muchos años y, siendo también madre, seguro que se apiadaría de ella y encontraría el modo de anular el maleficio. 

Pasaban los días y todo iba de mal en peor. Cada dos días volvía al tatuador para que intentara de nuevo borrar el tatuaje y este volvía a aparecer de forma inexplicable. Hasta que comprendí que era una forma de decirme que no podría deshacerme de él por mucho que lo intentara.

Cuando, al cabo de una larga semana de espera, mi madre me llamó, no podía creer en lo que consistía el remedio que le dio la hechicera para eliminar el maleficio del Bacá. Al parecer le costó muchísimo convencerla, le suplicó hasta la extenuación, hasta llegó a amenazarla, pobre infeliz. Dominique le repetía una y otra vez que un pacto como aquel no podía romperse. Que lo hubiera pensado antes. Y que las amenazas no le servirían de nada, estaba protegida por su Bacá y nadie podría hacerle daño. Solo cuando mi madre la acusó de haberme ocultado toda la verdad porque lo que pretendía, engañando a sus clientes, era atraer adeptos a una causa diabólica a cambio de más éxito y dinero, y que lo contaría a todo el mundo, de modo que nadie querría acudir a su consulta, por mucho Bacá protector que tuviera, Dominique pareció recapacitar. Haciendo un enorme gesto de generosidad, como le dio a entender, le reveló el único modo de liberarme del Bacá y de su influencia. Pero después de lo que ha ocurrido, no sé si aquella bruja fue sincera con mi madre o lo que le contó no fue más que otra mentira, un pretexto para acallar sus lamentos y ganar tiempo.

La fórmula para conseguirlo consistía en bañarme en sangre del animal que yo había elegido para representar al Bacá. Debía hacerlo todas las noches, durante siete días, y tenía que sumergirme por completo en una bañera llena de ese asqueroso líquido. Pero ¿de dónde sacaba yo tanta sangre de perro? Y ahí empezó el verdadero suplicio.

Salía de casa, todas las noches, oculto entre las sombras, como Jack el destripador, a la caza de perros abandonados. Tuve que ir al extrarradio, a los suburbios, a los arrabales. No fue tarea fácil. Los pobres animales, recelosos, huían ante mi presencia, como si olieran el peligro, o al mismísimo demonio. Como no tenía un arma y no sabía cómo conseguir una, recurrí a los dardos anestésicos, que pude adquirir sin levantar sospechas. Yo mismo me construí una especie de cerbatana. De este modo, logré atrapar las víctimas suficientes para llevar a cabo el ritual. Me convertí en un carnicero despiadado, en un monstruo sangrador de animales indefensos, sembrando las calles de despojos resecos tras mi macabra hazaña. Cuando llegaba a casa, cargado con bolsas de sangre, todavía me duraban las náuseas. Solo lo hice dos noches seguidas porque, tras el segundo intento, la cosa se torció.

Acababa de dar por finalizada la inmersión cuando noté algo extraño en mi hombro derecho. Parecía como si entrara en ebullición y el dibujo quisiera desprenderse. Creí que el ritual “sanador” empezaba a hacer efecto. El dolor era insoportable. Ni todo el alcohol y la cocaína que llevaba en el cuerpo pudieron neutralizar aquella tortura física. Me eché en la cama, retorciéndome de dolor, cuando, de pronto, se materializó. Juro que fue real, no fue ninguna alucinación. El tatuaje saltó de mi hombro y comenzó a aumentar de tamaño hasta alcanzar el de un perro de grandes dimensiones, jadeante, gruñendo y salivando por cada una de sus tres cabezas, los ojos enrojecidos y alerta, a punto de saltar sobre mí. Me hice un ovillo para protegerme, implorándole que no me atacara. Los ojos me dolían de tanto apretarlos para evitar abrirlos. De pronto se hizo el silencio. Solo me pareció oír algo así como “no te desharás de mi fácilmente”. Era una voz ronca y distorsionada, como si fuera un animal o un monstruo quien hubiera articulado esas palabras. Cuando abrí los ojos, temeroso por lo que esperaba ver, el perro, o el Bacá, había desaparecido y estaba de nuevo implantado en mi hombro, como si nada hubiera ocurrido. Tan solo notaba unas palpitaciones en su lugar, que fueron remitiendo junto al dolor. Me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, a la mañana siguiente, seguía en posición fetal.

A la siguiente noche no me atreví a repetir el ritual. En su lugar me bebí una botella entera de whisky y me coloqué con un chute de la mejor heroína que pude conseguir, pensando que, de este modo, perdería el sentido y no volvería a tener esa horrible visión, porque me había querido convencer de que aquello no había sido real sino el fruto de la mierda que me estaba metiendo en el cuerpo. Ya que no podía pasar sin droga y alcohol por lo menos me colocaría a tope con la dosis más alta que mi cuerpo pudiera soportar. No sé cómo no pringué de una sobredosis. 

Pero desde mi estado de semi-inconsciencia, antes de que todo se volviera de color negro, vi cómo el Bacá volvía a cobrar vida, solo que en esta ocasión ya no sentí dolor alguno. Me vi flotando por la habitación y desde lo alto veía al perro de tres cabezas y cola de dragón siguiéndome con la mirada, como si estuviera a la espera de que cayera al suelo para abalanzarse y devorarme. Hasta que acabé cayendo. Creí que el Bacá me iba a matar. Me perseguía por todas partes, rugiendo como tres leones hambrientos. Por fin, exhausto y acorralado, vi como saltaba sobre mí.

Los gritos que, al parecer, proferí, alertaron a los vecinos, que ya hacía días que sospechaban que algo extraño ocurría en mi apartamento a esas horas de la noche. La policía me encontró sin sentido. Dijeron que había sufrido un coma etílico o una sobredosis. O las dos cosas a la vez, visto los niveles de alcohol y droga en sangre. Cuando, una vez consciente, me preguntaron por el motivo de mis gritos, les dije la verdad, a sabiendas de que no me creerían. Pero no tenía nada que perder. Si me encerraban en un manicomio no sería peor. Lo único que me angustiaba era el futuro de Paola y de Arianna. El tiempo corría en su contra y yo no había hallado todavía la forma de protegerlas. Delirium tremens, dijeron después. Mi alcoholismo había llegado a tal nivel que me hacía tener esas visiones tan terribles. Me contaron que un hombre, en pleno delirio, se había amputado un brazo creyendo que era una serpiente. Siendo así, llegué a plantearme cortarme el brazo a la altura del hombro. Pero ¿cómo iba a hacer tal cosa? 

Desde entonces, no podía ni quería pegar ojo. Tenía que estar vigilante pues aquel monstruo podía acabar conmigo en cualquier momento y todo por haber querido deshacerme de él. Mi salud, ya muy deteriorada, se agravó por la falta de sueño.

Viendo que no podía evitar esas “visitas” nocturnas, acabé acostumbrándome a ellas, tolerándolas, viendo que nada malo acababa sucediéndome. El Bacá parecía haberse calmado, pero no por ello dejaba de manifestarse todas las noches. Supuse que, al no repetir el ritual del baño, no se sentía amenazado, pero quería hacerme saber que ahí estaba. Aun así, debía mantenerme vigilante y pensar en algo. Finalmente decidí buscar por mi cuenta una posible solución, e internet vino en mi ayuda, aunque no del modo que yo esperaba.

Revisando páginas sobre tatuajes, me llamó la atención un artículo. Un rico hombre de negocios tenía por hobby coleccionar tatuajes. El hombre compraba tatuajes extraños, o exóticos, creo recordar que los llamaba. Lógicamente esos tatuajes pasaban a ser suyos una vez sus propietarios habían fallecido. Solo debían firmar un contrato con el coleccionista y, una vez fallecidos, se les extirpaba la parte de piel tatuada.

Por muy extraño que fuera todo aquello, parecía cierto. Pero no me servía de nada. Yo quería deshacerme de mi tatuaje en vida y cuanto antes posible, no una vez muerto, aunque, si las cosas no mejoraban, era lo que me iba a ocurrir más bien pronto que tarde. 

Lo que realmente me sacudió, dándome un respiro de esperanza, fue otro artículo sobre tatuajes con símbolos esotéricos, a los que se les achacaba poderes maléficos. ¡Ahí lo tenía! Esos tatuajes existían, yo no estaba loco, y no era el único en llevarlos. Según el autor del artículo, el único modo de que el maleficio, cualquiera que fuera, no se llevara a cabo consistía en que su portador muriera antes de que empezara a actuar, porque, una vez desatados sus poderes, estos no podían detenerse y sobrevivían a quien los hubiera conjurado.

Por lo tanto, solo existía una solución a mi problema: yo debía morir antes de que el hechizo diabólico empezara a cebarse en la vida de mi mujer o de mi hija. 

Si por un momento dudé mínimamente, mis dudas desaparecieron cuando, al día siguiente, me encontré con el honrado vendedor de cupones. Me había olvidado por completo de la dichosa lotería y no recordaba que había acordado con él, tiempo atrás, que me guardara siempre el cupón de los viernes. Llevaba varias semanas sin verme y no había podido decirme que había sido agraciado con otro premio. “Eso sí que es suerte”, me soltó, casi tan incrédulo como yo. Otro premio, otros cien mil euros que me habían tocado sin quererlo. ¿Cuánto tiempo tardaría el maleficio en actuar? ¿Cuánto tiempo de vida le quedaba a Paola o a la niña? En ese momento tomé la decisión: daría la mía a cambio.

Al llegar a casa, llamé al coleccionista. Le conté que había leído un artículo sobre su afición y que, estando yo gravemente enfermo, quedándome muy poco tiempo de vida, necesitaba dinero para dejarle a mi esposa y a mi hija de corta edad cuando yo faltara. Le dije que mi tatuaje, no solo era exótico, sino que tenía poderes sobrenaturales. No sé si me creyó, pero quiso verlo antes de pronunciarse. Le envié una fotografía por WhatsApp. Al día siguiente estaba en su despacho firmando el contrato. A cambio, mi viuda recibiría cien mil euros (otra vez esa suma, como si tuviera algún significado). Desde luego, dejaría a Paola y a Arianna una buena cantidad de dinero, si a esta se le sumaba el último premio de la lotería y lo que todavía me quedaba del primero. Sería una forma de compensarlas por todo lo que les había hecho. Del despacho del coleccionista fui, siguiendo su consejo, al de un notario que me recomendó para dejar constancia de mis últimas voluntades, entre las que debía figurar la donación de mi piel tatuada.

Una vez tomada esta decisión, ya solo quedaba acabar con la historia que nunca debió comenzar. Esa noche volvería a salir de caza. Tomaría un nuevo, y quizá último, baño de sangre. Necesitaba provocar al Bacá, necesitaba poner fin a esa pesadilla. Lucharíamos cuerpo a cuerpo. Dejaría que me venciera.

CONTINUARÁ


20 comentarios:

  1. Es llamativo cómo Antoine ha cambiado a mis ojos. En la primera entrega lo tomé por un ignorante violento. Ahora, y de tu pluma, lo veo como un pobre hombre sobrepasado por los acontecimientos y dispuesto a sacrificarse por su familia.
    Has demostrado cómo el escritor de una historia 'manipula' al lector para convertir un personaje odioso en alguien casi opuesto. O puede, simplemente que nos demuestres que antes de hacer juicios de valor hay que escuchar todas las versiones.
    Sea como fuere, espero ansiosa a saber cómo demonios el tatuaje va a ser dominado, o no...
    Un abrazo.

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    1. Ciertamente, Paloma, la opinión sobre alguien puede dar un giro tremendo dependiendo del punto de vista o el ángulo desde el que se le conoce y juzga. Antoine, con sus limitaciones y sus debilidades, no deja de ser un hombre bueno, aunque hasta cierto punto inculto, superado por las circunstancias. Si bien al principio se deja llevar por sus impulsos más primitivos y los prejuicios impuestos en su país de origen, luego toma conciencia de lo que implica todo ello y de lo que ha hecho, arrepintiéndose al poco de comprenderlo. Intenta poner remedio a esa locura de la que se siente culpable pero me temo que ha llegado tarde. Veremos que le deparará ese enfrentamiento (real o imaginario) con el mal.
      Me alegro que haya sido capaz de mantenerte ansiosa y alerta a lo que tiene que venir... pronto.
      Un abrazo.

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  2. Hola!!!
    Me ha pasado como a Paloma, he cambiado mcuho de opinión sobre Antoine.
    A ver en qué queda todo, me has dejado intrigada.
    Un abrazo.

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    1. No si al final hasta os caerá bien, jeje
      Si no hubiera un cambio de rumbo, no habría intriga :)
      Un abrazo.

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  3. Me uno a los comentarios de Kirke y Marigem, ya no veo con los mismos ojos a este pobre hombre, no quita que el residual hacia él no sea del todo positivo, pero me compadezco de su situación, al fin y al cabo lo único que quería era mejorar.
    No ha sido la mejor forma, eso está claro.

    Esperamos a ver que nos traes en la siguiente entrega Josep Maria.
    Seguro que terrorífico, solo como muestra un tatuaje que hace acto de presencia, asusta y mucho, jeje

    Un abrazo.

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    1. Va aumentando el número de adeptos a la causa de Antoine, una buena causa pero queriéndola ver satisfecha por medios nada recomendables y sin atender a los consejos de su madre.
      Ofuscado como estaba por conseguir estar a la altura, según sus creencias, de lo que se le exige al cabeza de familia, no dudó en aceptar un pacto que sabía injusto: su felicidad a cambio de la de otros. Solo se arrepiente de lo que ha hecho cuando descubre que el hechizo esconde un pacto mucho peor.
      Veremos donde nos lleva la agonía de un Antoine que el único recurso que le queda es que el maleficio acabe con él.

      Siempre he dicho que no hay que ser supersticioso porque trae mala suerte, jeje.
      Un abrazo.

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  4. Ese momento del tatuaje materializándose asusta, pero no tanto como el imaginar a Antoine vagando por las calles, medio perdido entre las penumbras, al acecho de algún perro para destriparlo. En lo que se convirtió Antoine, en lo muy bajo que cayó, eso asusta más. Da para pensar que el Bacá es una maldición por donde se le mire, más allá del dinero que si no se usa bien (alcohol, drogas) también es una maldición en sí misma.

    Saludos y saludes, Josep!

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    1. Las obsesiones, los miedos, las supersticiones son capaces de convertir a un ser humano en un despojo moral y mental y obligarle a hacer cosas horribles. La mente alterada y la sugestión enfermiza son grandes enemigos de la razón.
      Muchas gracias, Julio David, por tu lectura y comentario.
      Un abrazo.

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  5. Bueno qué giro ha pegado la historia teniendo el punto de vista de Antoine. Vaya con el Bacá, los cosas horribles que le está obligando a hacer al pobre hombre, lo de los perros ha sido espeluznante. Parece que lo tiene mal pero yo confío en que todavía tenga solución y vuelva con su familia. Aunque ¡eso depende de ti Josep!
    Me está encantando el relato.
    Un abrazo muy fuerte.

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    1. Antoine emprendió un camino torcido desde un principio, muy difícil de enderezar a estas alturas. Veremos dónde le lleva su ánimo de recomponer su vida, su futuro y la de su familia. Mal lo tiene pero habrá que esperar acontecimientos, jeje
      Me encanta que te encante del relato.
      Un abrazo.

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  6. La ignorancia es atrevida y sus consecuencias impredecibles. Antoine lo ha comprobado en sus pieles. Un personaje que ha dado un vuelco en la percepción que nos habíamos hecho de él. Un capítulo trepidante con imágenes terroríficas como esa en la que la bestia toma cuerpo. Además una madre de armas tomar que quien sabe si puede meter en el redil a ese perro del demonio. Y, además, un glorioso continuará que nos mantiene expectantes ante el desenlace. Un abrazo!

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    1. Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones. La intención de Antoine, aunque equivocada, era buena: procurar el bienestar de su familia. Y es que, como bien dices, la ignorancia es muy atrevida y, añadiría, peligrosa.
      Veremos que nos deparan los dos siguientes capítulos que cerrarán esta historia de terror.
      Muchas gracias por tu comentario, David.
      Un abrazo.

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  7. Qué interesante se pone el relato, Josep. Yo espero que el pobre Antoine encuentre mejor forma de deshacer ese diabólico pacto que entregando su vida, pero no son buenas las perspectivas... Hay cosas con las que no se debe jugar, a no ser que no tengas nada que perder. El precio, de un modo u otro, siempre resulta excesivo :(

    Lo bueno de haber llegado tarde es que no tengo que esperar para la continuación, ji, ji. ¡Voy a por la siguiente entrega!

    Una continuación genial, compañero. ¡Enhorabuena! :))

    Un abrazo.

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    1. Nunca hay que jugar con fuego... ni con pactos diabólicos. Dicen que el diablo siempre cobra las deudas, de un modo u otro.
      He contestado antes tu comentario a la tercera entrega que a este. He andado el camino al revés, jeje.
      Muchas gracias, Julia, por haber querido seguir esta historia que se pasea en los límites de la fantasía y la realidad.
      Un abrazo.

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  8. Cuando se nos presentan esas oportunas y fáciles soluciones a nuestros problemas, hemos de sospechar que algo siniestro se oculta detrás. en esta vida los precios que se han de pagar por ciertos servicios, son exagerados y dolorosos.
    Voy a leer la tercera entrega a ver que tal le va a este pobre hombre.
    Un abrazo.

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    1. Dicen que quien algo quiere algo le cuesta. Cuando Antoine aceptó meterse en ese "berenjeral", poco se imaginaba el precio que tendría que pagar. Bien cierto es que más vale prevenir que curar. Lo que nuestro amigo quería curar acudiendo a la hechicera no eran más que males de la mente. Si hubiera compartido sus penas con Paola, quizá la cosa hubiera cambiado.
      Un abrazo.

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  9. Hay que ver cómo se ha ido enredando la historia de la que estoy deseando leer la tercera parte que ya has publicado. Se me han puesto los pelos como escarpias pensando en esos baños en sangre, previa matanza de los perros.
    La tensión ha ido creciendo porque que ahora se plantee morir en pro de ellas dice mucho de Antoine.
    Voy corriendo a por el siguiente (no sé si último) capítulo.
    Un beso, Josep Mª.

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    1. Antoine, por su mala cabeza y sus desacertadas creencias, se ha visto envuelto en una trama diabólica de la que no sabe (¿ni puede?) salir. Se halla tan perdido y su angustia ha pasado del temor por su vida a la de su mujer e hija, que salvarlas a ellas, bien vale un sacrificio de tal magnitud.
      ¿Qué hay de cierto y de falso, de mágico y de real en esas creencias y rituales? Como decía Julia, hay cosas con las que es mejor no jugar. Sobre todo ni no sabes cómo salir airoso.
      Muchas gracias, Chelo, por ese entusiasmo por conocer lo que le deparará a nuestro infeliz haitiano.
      Un beso.

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  10. La falta de comunicación es la base del distanciamiento y está claro que eso es lo que les ha pasado a los protagonistas. Muy bueno, Josep, no decae la intriga.
    Abrazo!!!

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    1. El temor a la opinión y la censura de los demás (en este caso de la pareja) corta toda posible comunicación y es cuando se produce el aislamiento.
      Muchas gracias, Mª Jesús, por tu opinión.
      Un abrazo.

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