miércoles, 19 de julio de 2017

No más accidentes (segunda parte)


Llevo ya treinta años, tantos como tenía cuando entré a trabajar en esta empresa, transportando viajeros de un extremo a otro de la península y, por raro que parezca, no me he cansado de este oficio. Para nada. Es un privilegio poder visitar tantos lugares en tan poco tiempo. Claro que he repetido muchas veces las mismas rutas, pero aunque el paisaje no cambie, la gente y las anécdotas sí. 

El viaje de hoy es, sin embargo, especial. Haré el mismo recorrido que quisieron hacer mis padres hace sesenta años. Aunque pueda parecer extraño, en todo este tiempo no había tenido ocasión de realizarlo. No como pasajero.  

Este año, la Semana Santa también ha caído a mediados de abril, y hoy es mi cumpleaños. No es casualidad, pues, que esté de camino a Sevilla. Lo había planificado de este modo. Se me ocurrió de repente. Pensé que sería una buena forma de celebrar mi cumpleaños y, a la vez, de hacer este viaje en memoria de mis padres, que no tuvieron ocasión de llegar a su destino por mi culpa. Solo he necesitado un permiso especial para permutar las vacaciones de verano por las de Semana Santa. 

Hoy no voy sentado en el asiento del conductor. Hoy estoy acomodado en la última fila. He pagado billete para toda la hilera de asientos. No quería compartirla con nadie, solo con mi mujer. Me habría gustado que me acompañaran en este viaje mis dos hijas, con sus maridos y mis dos nietas, pero trabajan y solo pueden disponer de los días estrictamente festivos. Les he contado tantas veces cuándo, dónde y cómo nací, que me ilusionaba la idea de que hicieran el mismo trayecto que quisieron hacer mis padres en aquella ocasión. 

He hablado con Alberto, el conductor, y, como es compañero mío desde hace muchos años, me ha prometido que parará en la misma estación de servicio, donde tomaremos un refrigerio o lo que se tercie. Quiero que mi mujer conozca el lugar y, de paso, le presentaré al hijo de Don Enrique, aunque, claro, ya no es lo mismo. Al él le trae sin cuidado la historia de mi nacimiento. A fin de cuentas, solo la conoce de oídas. Todavía no había nacido cuando mis padres recalaron en el que ahora es su establecimiento con un recién nacido en los brazos, sucio y envuelto en una manta. Por cierto, nunca le he preguntado su nombre. No me extrañaría que se llamara Enrique, como su padre. Hoy tendré ocasión de saberlo. Tendrá unos diez años menos que yo, aunque aparenta ser mayor. Será porque tiene poco pelo. Quizá ahora ya lo haya perdido por completo. Hace tanto tiempo que no le veo. Los años no pasan en balde.

Ya falta poco para llegar. Acabamos de pasar la señal informativa de estación de servicio. Me parece ver a lo lejos la torreta identificativa de la gasolinera con ese logo tan extraño de la empresa de carburantes. Tras la próxima curva aparecerá todo el complejo. 

¡Qué extraño! Deberíamos estar aminorando la marcha. Ya casi hemos llegado. A esta velocidad no podremos entrar en el área de servicio. ¡Pero qué haces, Alberto! ¡Que te pasas! ¡Alberto, para! ¿Pero qué te ocurre? ¡Me has prometido que pararías! ¿Acaso no te acuerdas?  ¡Alberto, Alberto, por Dios, para!

─Enfermera, enfermera, venga, ¡deprisa! 
─¿Qué ocurre, señora? 
─Pues que parece que está volviendo en sí. Ha movido los labios.
─Voy a llamar al doctor. 
─Luis, Luis, ¿me oyes?
─¿Qué, qué pasa? ¿Por qué gritas de ese modo? ¿Y por qué lloras? ¿Dónde estoy?
─¿No te acuerdas? Perdiste el conocimiento. Has tenido un infarto cerebral, cariño. Pero te pondrás bien, ya lo verás.
─¡¿Un infarto cerebral?! Vaya por Dios. Te habré dado un susto de muerte. 
─Ahora eso es lo de menos, Luis. Lo importante es que te recuperes.
─Saldré de esta, no te preocupes, mujer. 
─Pues claro que sí, pero ¿cómo te sientes? ¿Te duele algo?
─Estoy bien, de verdad. Pero qué curioso.
─¿El qué, cariño?
─Lo que estaba soñando, justo antes de despertarme.
─¿Soñando, dices? ¿Y en qué soñabas?
─Pues soñaba que íbamos tu y yo de viaje a Sevilla en autocar, para pasar allí la Semana Santa.
─Pero eso no ha sido un sueño, Luis. Eso es lo que estábamos haciendo cuando has sufrido el infarto cerebral. ¿No lo recuerdas? Íbamos sentados en la última fila y de pronto te tumbaste. Te pregunté qué te pasaba, si tenías sueño o te encontrabas mal y ya no me contestaste. Menos mal que Alberto, el conductor, ha llamado de inmediato a urgencias y le dijeron que te trajera hasta aquí. Era lo más rápido.
─¿Hasta aquí? ¿Adónde?
─En el Hospital La Fe, de Valencia. Alberto, el pobre hombre, se ha quedado muy preocupado. Le llamaré luego al móvil para decirle que estás bien.
─Ni se te ocurra. Mándale un WhatsApp. Ya lo leerá cuando pueda. ¿No ves que si le llamas podrías provocar un accidente? Y, por cierto, ¿dónde me ocurrió exactamente lo del infarto?
─Pues justo cuando nos acercábamos a la gasolinera en la que teníamos que parar, esa de la que siempre nos has hablado. Pero como le dijeron a Alberto que no perdiera ni un minuto y te trajera hasta aquí… No veas lo que ha corrido el hombre. Y la que se ha armado en el autocar. Todos querían ayudar, pero nadie sabía cómo.
─Bueno, pero qué veo. Si hace usted muy buena cara, Luis.
─Este es el doctor Benavides, cariño. El responsable de la UCI.
─Mucho gusto, doctor.
─¡Nos ha dado un buen susto! Pero parece que la cosa pinta bien. El TAC no ha revelado ninguna lesión adyacente a la zona infartada. Además, la isquemia no ha sido, por fortuna, severa. Tiene la tensión arterial muy alta, eso sí. Le subiremos a planta, le instauraremos un tratamiento y le haremos algunas pruebas más. Si todo va bien, tras un par de días en observación, le daremos el alta. 
─Pero ¿podré seguir con el viaje, doctor? Todavía nos daría tiempo a llegar a Sevilla para…
─Pero, ¡qué dice hombre! Ni hablar. De momento reposo y a cuidarse. Ya tendrá otra ocasión para hacer este viaje.
─Sí, claro. Pero ya no será lo mismo…
─Ahora lo que importa es que se ponga bien. ¿Y esa sonrisa?
─No, nada, cosas mías, doctor.
─Pues lo dicho. Dentro de un rato le subirán a planta. Más tarde pasará a verle el neurólogo. Cuídese.
─Muchas gracias, doctor.
─¿Qué has querido decir con eso de que eran cosas tuyas cuando el doctor te ha preguntado por qué sonreías?
─Pensaba que en la vida hay coincidencias curiosas. Hoy he vuelto a nacer. Y también tras un accidente de la naturaleza y con un autocar de por medio. Dicen que no hay dos sin tres, pero espero no tener más accidentes en mucho tiempo.

FIN


jueves, 13 de julio de 2017

No más accidentes (primera parte)


Nací en un autocar a causa de un accidente. No por un accidente del autocar sino de la naturaleza, que dicen que es sabia. Fui sietemesino. No me esperaban hasta el cuarenta de mayo ─como solía decir mi padre─, es decir un nueve de junio, pero decidí adelantarme a un ocho de abril. Así pues, soy Aries y, según mi carta astral, todo tenía que sonreírme. Mi madre creía a pies juntillas en la astrología y, al poco de nacer, encargó que me hicieran esa carta, que no sé por dónde anda pero que mencionaba a menudo cuando quería darme ánimos. En cambio, mi abuela no era tan optimista. Ella decía que eso de nacer antes de tiempo traía malas consecuencias, aunque, ya puestos, añadía, era mejor ser sietemesino que ochomesino. Nunca supo decirme porqué. Sea como sea, el caso es que ni el ginecólogo ni mi madre tuvieron la culpa. En todo caso fui yo el responsable. Siempre he sido muy inquieto y debía tener prisa por salir y conocer el nuevo mundo. Ahora, en cambio, me lo pensaría dos veces. Pero ya no hay vuelta atrás.

El ocho de abril de mil novecientos cincuenta y siete era lunes y el primer día del periodo vacacional de mi padre. Ya sé que puede resultar extraño, pero mi progenitor trabajaba entonces en un almacén mayorista de productos farmacéuticos y, como no cerraba en agosto, el personal tenía que hacer turnos. Siendo mi padre el empleado más nuevo dentro de su grupo y categoría, no tenía el privilegio de poder elegir cuándo disfrutar de sus vacaciones de verano, por lo que dependía de los planes de sus compañeros más veteranos. De este modo, había adquirido la costumbre de tomarlas en mayo, un mes que todavía aseguraba un buen tiempo. Pero ese año una auditoría y una inspección de Sanidad, previstas ambas para mayo, alteraron sus planes. La dirección de la empresa no permitió que ningún empleado se ausentara bajo ningún concepto durante todo el mes. A mi padre no le quedó, pues, más remedio que adelantarlas todavía más, convirtiéndolas, de ese modo, en unas vacaciones de Semana Santa, que cayó ese año a mediados de abril. Mejor adelantarlas que atrasarlas hasta octubre, pensó. Con un retoño en casa, quedaba totalmente descartado. Pero lo que no podían imaginarse mis pobres padres era que un accidente inesperado ─o sea yo─ les alteraría aún más sus planes. Si me acuerdo perfectamente de toda esta historia es porque se empeñaban en contármela cada ocho de abril, después de soplar las velas de mi tarta de cumpleaños. 

Mi padre tendría ahora la friolera de cien años, una edad que a punto estuvo de cumplir. Cuatro meses le faltaron para convertirse en centenario. Mi madre, andaría por los noventa y cinco, si no hubiera tenido prisa por marcharse antes que él. Me tuvieron de mayores. Creían que no iban a tener descendencia. Llevaban catorce años intentándolo, tantos como llevaban de casados. Ahora las mujeres son madres a una edad mucho más tardía que entonces, pero en aquella época tener el primer hijo a los treinta y cinco no era habitual. No obstante, la naturaleza, además de sabia, es caprichosa, pues después de tardar tanto tiempo para darles un vástago, decidió que ya había cumplido su cometido y me convirtió en hijo único. 

Ser hijo único no es ninguna bicoca, como muchos piensan, todo lo contrario. Y más si has nacido cuando ya no te esperaban, cuando creen que su matrimonio será como un jardín sin flores. Y entonces nace el pimpollo. Te cuidan, te miman y te protegen como si fueras de porcelana china. Luisito esto, Luisito lo otro. Hasta bien cumplidos los veinte, coincidiendo con mi alta en las fuerzas armadas para prestar el servicio militar, no pasé a ser Luis. Debo aclarar, sin embargo, que como mi padre se llamaba Luis, el diminutivo había servido hasta entonces de distinción entre ambos. Menudo lío se armó después, cuando mi madre nos llamaba. Cuando desde la cocina gritaba “Luiiiis”, indefectiblemente un dúo de voces masculinas le contestaba al unísono: “¿qué Luis?” o ¿quién, yo? En el primer caso, la respuesta materna era “el padre” o, por el contrario, “el hijo”. Pero como formuláramos la pregunta en su segunda versión, respondía con un “sí, tú”, lo cual, lejos de aclarar las cosas, nos obligaba a interrogarla de nuevo hasta desfacer el entuerto. Debo decir, empero, que mi padre y yo lo hacíamos adrede, para hacerla rabiar. Hasta que la pobre mujer decidió llamarnos Luis padre y Luis hijo. Y aquí se acabó lo que se daba.

Acostumbrado a los cuidados de mis padres, mi paso por la milicia fue bastante ingrato. Les eché mucho de menos. Al volver a la vida civil, como no quise seguir estudiando ─por mucho que mis padres insistieran─ me puse a trabajar. En aquella época no era tan difícil como ahora encontrar un empleo. Hice de todo un poco, pues a manitas no me gana nadie. Pero para ascender en un puesto, te exigían experiencia y títulos, aunque fueran de formación profesional, cosa que yo no tenía. Y yo no me veía mucho tiempo de simple aprendiz o de ayudante de lo que fuera. Entonces vino mi padre a echarme un cable. Como durante el servicio militar me había sacado el carnet de clase B para conducir los camiones del ejército, y en la empresa donde él trabajaba necesitaban un chofer para llevar la camioneta de reparto, me convertí en un empleado más del almacén mayorista. Pero fueron pasando los años, las cosas en la empresa empezaron a torcerse y los salarios a congelarse por aquello de que como ya ganas por encima del sueldo base… Así que, después de ocho años como repartidor de productos farmacéuticos, a los treinta recién cumplidos hice un nuevo cambio y entré a trabajar en la empresa de autocares en la que todavía sigo como conductor.

Aun ahora, cuando subo al autocar y miro por el retrovisor interior para ver si el personal está bien acomodado, no puedo evitar echar una ojeada a la última fila de asientos, en la que casi nadie quiere sentarse porque dicen que marea. Y entonces me imagino a mi madre tumbada en ella, aquel lejano ocho de abril, en que, camino de Sevilla, se armó la marimorena cuando la pobre mujer rompió aguas y tuvo que dar a luz entre dolores, gemidos y la algarabía del pasaje que no esperaba asistir a un parto en vivo y en directo. Y mucho menos sobre ruedas. A mis padres se les terminó las vacaciones al poco de iniciarlas, y su viaje hacia la Semana Santa sevillana se acabó en el bar de una gasolinera situada entre Castellón y Valencia. Ahora a esas zonas las llaman áreas de servicio. La de mi historia todavía sigue en el mismo lugar y, aunque la gasolinera pertenece a otro grupo empresarial, el bar es el mismo. Don Enrique, el propietario de entonces, hace años que ya no está. Ahora es su hijo quien sigue al frente del negocio. 

La primera vez que entré en ese bar, ya como conductor de la empresa de autocares, lo primero que hice fue preguntar por don Enrique. Cuando le conté quién era, más como algo anecdótico que por otra cosa, puso unos ojos como platos y abrió tanto la boca que creía que se le iba a soltar la dentadura, porque se notaba a la legua que era postiza. Podría haber dudado de mi palabra. A fin de cuentas, no me parecía en nada a aquel bebé pringoso y llorón que llegó a tener en sus brazos. Pero quién sino podía conocer la historia con tanto detalle. Desde entonces, cada vez que hacía la ruta hacia el sur, me detenía allí, con la excusa de hacer una parada de descanso, y rememorábamos lo ocurrido muchos años atrás. Mis pasajeros debían creer que me paraba en ese lugar porque tenía comisión. Lo cierto es que el buen hombre me invitaba a lo que quisiera tomar en memoria de aquel acontecimiento que le hizo salir por televisión.

Su hijo al principio escuchaba atentamente nuestra versión de los hechos, pero al cabo del tiempo debió acabar hartándose de oír siempre la misma historia porque, solo verme entrar, esbozaba una sonrisa de complicidad y, tras saludarme con un gesto de la cabeza, se iba al otro extremo de la barra para dejarnos solos con nuestros recuerdos.

Quién me hubiera dicho a mí que, habiendo nacido en el último asiento de un autocar, me sentaría treinta años después en el primero, en el del conductor. No sé qué diría mi carta astral pero no creo que anticipara cosa igual.

En una ocasión, en un viaje organizado por el IMSERSO, la guía, una rubia de escándalo, habiéndosele agotado momentáneamente el guion y conociendo mi don de gentes, me animó a que contara algo al personal, alguna anécdota, algún chiste, cualquier cosa que les mantuviera distraídos y despiertos hasta la próxima entrega de información turística de interés. Lo único que se me ocurrió fue contarles la historia de mi nacimiento. Durante el tiempo que duró mi narración, como si de un cuento para niños se tratara, reinó en el autocar el más absoluto silencio, solo quebrado por alguna tos indómita, alguna exclamación femenina de asombro y el continuo sonido de fondo del motor. Cada vez que, a través del espejo retrovisor, echaba una fugaz ojeada al público que tenía a mi retaguardia, veía que cuarenta pares de ojos observaban, expectantes, a ese hábil contador de aquella curiosa historia acontecida muchos años atrás, como queriendo averiguar la veracidad de sus palabras. Como niños de parvulario, al terminar mi relato, un tropel de voces, a cual más aguda, me acribillaron a preguntas que apenas lograba entender y que la guía me ayudaba a descifrar: ¿quién asistió a su madre en el parto?, ¿fue el chofer o su padre?, ¿y con qué le cortaron el cordón umbilical?, ¿y duró mucho el parto?, ¿y qué hacía la gente del autocar mientras tanto? ¿pararon en el arcén mientras duró el parto o el autocar siguió su camino hasta la estación de servicio? Y… Debo reconocer que, para darle más aliciente a la historia, la aderecé un poco en algún que otro pasaje con un “toque personal”. Como cuando dije que mi madre, del dolor tan intenso, arrancó uno de los asientos en los que estaba recostada, o que todos los pasajeros hicieron una colecta como obsequio para mis padres por el feliz desenlace, o que me pusieron de nombre Luis en honor al dueño del bar por el trato y los cuidados que dispensó a sus tres visitantes inesperados. Visto el éxito de mi narración ─debo decir que soy muy bueno contando cuentos─ me animé a repetirla en otra ocasión, también con el mismo tipo de pasaje, pero con una pequeña variante. En esta segunda versión me habían bautizado con el nombre de Jesús, por lo del nacimiento imprevisto del Mesías en el portal de Belén. Si tuviera que contarla una vez más, quizá diría que me pusieron Ángel en honor a Angelines, una enfermera jubilada, que fue quien realmente ayudó a mi madre en el parto. 

CONTINUARÁ...

jueves, 6 de julio de 2017

La última cita


En todos los hoteles en los que me alojo, lo primero que hago al ocupar mi habitación es observar desde la ventana la ciudad que va a acogerme mientras dure mi estancia. Siempre pido una en el piso más alto. Me gusta contemplar las ciudades desde arriba. Me da una sensación de poder. 

Desde aquí la ciudad se ve distinta. Ha cambiado mucho. Como debe de haber cambiado ella. Hacía veinte años que no volvía. La última vez que pisé sus calles yo acababa de cumplir los treinta. Ella solo contaba con veintidós. Tan pronto como nos conocimos, surgió lo que llaman un flechazo. Por desgracia, nuestro idilio duró muy poco, el tiempo que permanecí en la ciudad, por un asunto que me llevó semanas resolver. Luego, mi trabajo y mis continuos viajes, con largas y frecuentes ausencias, hizo inviable nuestra relación. Nos escribíamos, nos llamábamos, pero el contacto se fue distanciando y languideciendo. Hasta que se interrumpió definitivamente cuando me comunicó que iba a casarse. No le amaba, pero debía hacerlo por el bien de la familia, me confesó. ¡Que en pleno siglo XX todavía hubiera matrimonios de conveniencia! Y ahí terminó todo lo exiguo pero intenso que hubo entre nosotros. Todavía guardo un muy grato recuerdo de aquellos días, pues no he podido olvidarlos. 

Y ahora, de vuelta a esta ciudad que nos presentó, también por un asunto de trabajo, no puedo dejar de pensar en ella. Todo me la recuerda. 

Como lo que me ha traído hasta aquí me retendrá muy poco tiempo, debo aprovecharlo al máximo. Por eso no he podido evitar buscarla. Necesitaba verla, aunque solo fueran unos minutos. Saber de ella, cómo ha sido su vida durante estas dos últimas décadas. Mi fuente de información me ha facilitado su dirección y número de teléfono. La he llamado. Su alegría al oírme ha parecido sincera. Hoy no tenía ningún compromiso y su marido está en viaje de negocios. Parece una señal, un buen augurio.

Mi informador también me ha dicho quién es su marido y a qué se dedica. Al parecer está forrado y es un elemento de cuidado, un hombre de negocios sin escrúpulos. No me extrañaría que tuviera una amante. Ya se sabe, el típico matrimonio de conveniencia para fortalecer alianzas familiares. Como en la mafia. Quizá siga sin amarle. Quién sabe si todavía hay un hueco en su vida que yo pueda ocupar. Esta noche lo descubriré. Si no hay motivo para la esperanza, esta será nuestra primera y última cita.

Iremos a cenar y recordaremos los buenos tiempos. Nos pondremos al día. Espero que no me pregunte el motivo de mi visita a la ciudad. No quiero mentirle de nuevo, como hice entonces. En tal caso, solo le diré que trabajo como freelance. Siempre suena mejor que autónomo.

Esta vez mi estancia será mucho más breve. No parece que el trabajo vaya a ocuparme más de dos días. Luego deberé marcharme, pues otro encargo me espera en otro lugar. 

*****

Todavía siente algo por mí. La cena fue como esperaba, inolvidable. Estaba espléndida, radiante. La madurez le ha dotado de unas facciones todavía más atractivas que en su adolescencia. Hacía tiempo que no me sentía tan a gusto, como si el tiempo se hubiera detenido veinte años atrás. Me contó cómo ha sido su vida durante estos años. Tal como sospechaba, es sumamente infeliz. Desea divorciarse, pero hay muchos impedimentos económicos y financieros que resolver. Propiedades compartidas, intereses familiares en común, mucho dinero de por medio a repartir. Su marido se lo pondrá muy difícil. 

Una vez concluya los trabajos para los que me he comprometido, volveré para quedarme. Quiero estar cerca de ella. Quizá necesite mi ayuda. Haré lo que sea necesario para estar a su lado. Está decidido.

No puedo dejar mi trabajo. Soy el mejor profesional del sector, el más buscado y el mejor pagado. Tengo muchas ofertas y nunca he fallado a mis clientes. Tengo una reputación que mantener. Pero puedo cambiar mi centro de operaciones. Al fin y al cabo, mis actividades no requieren una oficina. Lo que hago es como un teletrabajo. Podría establecerme aquí e iniciar juntos una nueva vida.

De momento no le diré nada de mis planes. Cuando salga de la ducha la tantearé.

Llaman a la puerta. 

Era el servicio de habitaciones. Pero, junto al copioso desayuno que he encargado, para reponer fuerzas después de una intensa noche de pasión, el camarero me ha hecho entrega de un sobre que alguien ha dejado en recepción a mi nombre. Deben ser las instrucciones que estoy esperando. 

Pero antes está el placer que el trabajo. Ya abriré el sobre cuando hayamos disfrutado del desayuno y ella se haya marchado. No quiero preguntas indiscretas.  

*****

Nunca había estado tan nervioso a la hora de conocer la identidad de mis víctimas, gente anónima cuya existencia me la trae al pairo. Solo un nombre y una dirección. Su vida a cambio de un buen puñado de dinero. 

Esta vez, sin embargo, me siento inquieto, como si temiera que algo fuera a torcerse. Serán las prisas por liquidar los asuntos que me esperan y volver a los brazos de mi amada.

*****

Mis ojos no dan crédito a lo que ven. El nombre, por sí solo, podría llevar a un equívoco. Supongo que habrá muchas mujeres en esta ciudad con el mismo nombre, pero la dirección no da lugar a dudas. Es la que me dio mi contacto. Adivino quién está detrás de este encargo, quién quiere deshacerse de ella. Por eso se ha ausentado de la ciudad en viaje de negocios.

Pero soy todo un profesional y nadie ni nada puede interponerse en mi trabajo y en mi prestigio. Muy a mí pesar, la próxima será mi última cita con ella.


martes, 27 de junio de 2017

El tattoo (y IV)


Cuando me presenté en la morgue, Antoine ya llevaba tres días muerto y su cuerpo conservado en el refrigerador, esperando a ser identificado por alguien de su familia. A la policía le costó un poco dar conmigo pues no hacía mucho que me había mudado a un piso algo más espacioso, soleado y más cercano a mi lugar de trabajo. 

Era él, no cabía la menor duda. Pero cuando replegaron la sábana, que cubría su cuerpo desnudo, hasta la altura de la cintura, observé que tenía una gran laceración en su hombro derecho, donde había tenido ese horrible tatuaje que, por cierto, había desaparecido. Según me contó el auxiliar que me mostró el cadáver, el forense le había extirpado la piel de esa zona porque Antoine le había vendido su tatuaje a un coleccionista excéntrico y muy rico.

Al poco, me llamaron de una notaría, aliviados por haber podido dar conmigo, para anunciarme que era la beneficiaria de un testamento. 

El testador, Antoine Bisonó-Chevalier, en plenas facultades mentales, nombraba como beneficiaria a su esposa, doña Paola Messeguer Viñales, a quien le correspondía, en concepto de herencia, doscientos cincuenta mil euros, sujetos, eso sí, a la retención fiscal correspondiente. Aun así, un buen pellizco.

¿De dónde había sacado Antoine esa cantidad de dinero? Quizá ese coleccionista se la había pagado por su tatuaje si, como me había dicho el auxiliar del forense, era un hombre muy rico. Pero un cuarto de millón de euros era una cantidad desorbitada. A no ser que ese hombre creyera en el poder que se le atribuía a ese dichoso Bacá. La policía me había dicho que ese hombre, que se identificó como Roberto Ballesteros, un afamado hombre de negocios barcelonés, se había definido como amigo de Antoine. ¿Un rico empresario amigo de Antoine? Eso no me cuadraba. Pensé que quizá debería hacerle una visita. A ver qué podía contarme. 

Estuve dudando largo tiempo sobre la conveniencia de presentarme en el domicilio de Ballesteros en calidad de viuda de Antoine. ¿Con qué pretexto? ¿Preguntarle sobre el tatuaje que le habían extirpado? ¿El motivo por el cual le había pagado una pequeña fortuna?

Andaba cavilando en torno a esa posibilidad cuando, en la sección de necrológicas del periódico, me sorprendió una esquela: la de Roberto Ballesteros Sarmiento, fallecido a la edad de sesenta y dos años. Mi visita se había ido al traste, pero mi curiosidad no. Busqué todo lo referente a ese individuo coleccionista de obras de arte y artilugios extraños. Nada relevante, excepto que, al no tener herederos, su fortuna pasaba a una fundación que él mismo había creado y que sus obras de arte habían sido cedidas al ayuntamiento de la ciudad, que pronto espera poder montar una exposición de alguna de sus colecciones menos conocidas. 

Cada día, sin excepción, leía el periódico en busca de alguna noticia relativa a esa posible exposición. ¿Expondrían la colección de tatuajes de la que había tenido noticias por la prensa? 

Tuvieron que pasar unos cuantos meses, pero, por fin, llegó la noticia que había estado esperando: el museo de ciencias naturales de la ciudad inauguraba una exposición de tatuajes de piel humana procedentes de la colección particular del filántropo, mecenas y amante del arte Roberto Ballesteros, una colección excepcionalmente original, a la par que misteriosa, rezaba el anuncio.

Me las ingenié para poder asistir a la inauguración de esa exposición singular. Aunque me daba un poco de reparo, sentía curiosidad por ver de nuevo aquel horrible tatuaje, esta vez expuesto en un museo.

La colección era más amplia de lo que esperaba. ¿Cómo aquel coleccionista podía haberse hecho con tal cantidad de retazos de piel humana tatuada? Me obligué a no pensar que se trataba de epidermis humanas, que solo eran dibujos, algunos realmente impresionantes, de todos los tamaños y colores. Debían haber más de cincuenta, pero no daba con el que buscaba. Por fin lo encontré. Estaba en un rincón y junto al cuadro que lo contenía había una leyenda explicativa de su significado, que era el que yo ya conocía. No lo había visto antes porque lo ocultaba un grupo curiosos que lo observaban con detalle. Cuando se hubieron marchado, me acerqué con cuidado, como si temiera que saliera del cuadro y se me lanzara encima. ¡Me trajo tan malos recuerdos! Estaba, pues, absorta contemplando aquel engendro y pensando en el pobre Antoine cuando me pareció que se había movido e incluso había abierto ligeramente sus fauces. Instintivamente pegué un salto hacia atrás, tropezando con un individuo que, sin haberme percatado, estaba situado justo detrás de mí, contemplando el mismo cuadro. Me disculpé, azorada por el traspiés y avergonzada por mi ridícula reacción. Pero, contrariamente a lo que podía pensar, me sorprendió diciéndome, en voz baja: “lo ha visto ¿verdad?”

Julián Cifuentes era abogado y amigo íntimo de Roberto Ballesteros. Sabía quién era yo y adivinaba mi interés por esa exposición. Su amigo y ex propietario de la colección le había hablado de Antoine y le había pedido que investigara qué había de cierto con que tuviera mujer e hija. Era un hombre muy curioso y precavido y siempre quería saber con quién hacía negocios. Así había dado conmigo.

Me dijo que nuestro encuentro no era casual. Esperaba encontrarme. Suponía que un día u otro acudiría a la exposición pues, siendo yo la mujer de Antoine, no podría sustraerme a la curiosidad de ver su tatuaje expuesto al público. De ser necesario, habría acudido a diario al museo con tal de verme. Quería tratar conmigo de un asunto muy delicado y no le pareció adecuado abordarme en mi propio domicilio. Pero tampoco podía ser allí, donde cualquier extraño pudiera oírnos.

Sentados, unos minutos más tarde, en una cafetería cercana, se dispuso a contarme lo que tanto le inquietaba.

Su amigo, tras adquirir ese extraño tatuaje, empezó a comportarse de un modo extraño. No era el mismo. Hasta que un día se sinceró con él. Le contó la leyenda, o historia real, del Bacá, y cómo, desde hacía un tiempo, vivía asustado, temiendo por su vida. Le contó que la bestia que se hallaba en el tatuaje cobraba vida por la noche y que parecía querer salir del cuadro donde estaba alojada. Finalmente, intentó deshacerse de él pero no logró descolgarlo de la pared. Cada vez que lo intentaba, adquiría un peso extraordinario que incluso le impedía moverlo.

El abogado Cifuentes sospechaba que la muerte de su amigo no se había debido a una caída accidental que le había producido el traumatismo cerebral que, según el informe médico, se lo había llevado por delante. Debió caerse, de eso no había duda, pues quedaron evidencias del fuerte impacto en la mesa de mármol que había frente al cuadro. “Esa cosa debió empujarle contra la mesa con tanta brutalidad que quedaron restos de masa encefálica en la zona del impacto. Un traspiés no ocasiona un golpe de esa magnitud”, argumentó Cifuentes.

Así que ese hombre también creía que aquella “cosa”, como la había definido, tenía tal poder que era capaz de matar. Pero, aunque toda la disparatada historia acerca del Bacá fuera cierta, tanto yo como Arianna seguíamos indemnes.

Fue entonces cuando me contó todo lo que el difunto coleccionista había podido averiguar en torno al maleficio del Bacá. Su amigo estaba convencido de que la muerte de Antoine se había producido mientras llevaba a cabo un ritual para anular el poder maléfico del Bacá y que, de algún modo, lo había logrado; de ahí que no se hubiera cobrado la vida de ninguna de nosotras, excepto la del propio Antoine, como venganza. O quizá sí que le fallara el corazón durante una lucha encarnizada contra el maligno. Yo le escuchaba sin saber qué cara poner ante lo que me estaba refiriendo aquel hombre culto y aparentemente sensato. En lo único que estuve de acuerdo con él fue que donde mejor podía estar ese tatuaje era en un museo y fuera del alcance de todos los que, directa o indirectamente, habíamos estado en contacto con él.

Me despedí del abogado creyendo que ahí se acababa la historia del Bacá tatuado en la piel del pobre Antoine y que nunca más volvería a oír hablar de él. Pero me equivoqué.

Tan solo una semana más tarde, volví a tener noticias. Esta vez también era un hecho insólito. Y público. Leí en la prensa una escueta nota que decía que “un cuadro con una piel humana tatuada con un extraño símbolo, propio, según los expertos, de rituales paganos, ha desaparecido del museo de Ciencias Naturales de esta ciudad, donde estaba expuesto. No se han hallado señales de intrusismo y las cámaras de vigilancia no han revelado nada sospechoso. Se desconoce cómo ha podido ocurrir tan extraño suceso.”

Como toda aquella historia no me dejaba conciliar el sueño y hacía mucho tiempo, desde la muerte de Antoine, que quería viajar a Haití para conocer a su familia y presentarles a mi hija, que ya tenía un añito, hice las maletas y me presenté en Puerto Príncipe. 

Mi suegra, a la que contactaron a través de la Embajada de España en Haití para comunicarle la muerte de su hijo, quiso saber los detalles de su fallecimiento y cómo había sido su vida desde su regreso a Barcelona tras su última visita. Los de la embajada le habían dicho que Antoine había fallecido de un paro cardiaco y él era un chico muy fuerte y sano.

Le conté todos los pormenores de nuestra relación desde que llegó con el tatuaje del Bacá y las teorías en torno a la causa de su muerte y la del coleccionista que adquirió el tatuaje. Ella, a su vez, me puso al corriente de lo que su hijo le contó y el motivo por el cual este fue a visitar a Dominique, y su posterior llamada desesperada buscando una forma de deshacerse del maleficio en el que había caído por culpa de esa hechicera. También me contó su intercesión ante esa maldita bruja para que liberara a Antoine de aquel tormento y cuál fue su recomendación. 

Como mi mente fría y analítica no podía creer en toda esa sarta de estupideces ─protección, fortuna y riquezas a cambio de cobrarse la vida de personas queridas, un tatuaje que cobra vida y se rebela contra quien pretende eliminarle, un ser demoníaco que mata a quien se le antoja, y todo a partir de un símbolo, tatuado─, ni corta ni perezosa quise conocer a la tal Dominique y ver con mis propios ojos qué tipo de persona era y comprobar qué clase de poderes tenía realmente. Estaba decidida a hacerle frente sin ningún temor, a desenmascararla y echarle en cara sus malditas supersticiones y, si era necesario, denunciarla a las autoridades, aunque esta última opción me pareció una medida inútil dado el nivel de superstición reinante entre la población y la permisividad oficial ante esas prácticas.

Aquella mujer había arruinado mi vida, la de Antoine y seguramente la de muchas otras personas, valiéndose de su ascendencia sobre ellas como la gran curandera y hechicera que creían que era. Estaba dispuesta a todo con tal de vengarme de lo que consideraba una fechoría inadmisible. Mientras me dirigía a su casa, una planta baja en uno de los barrios más céntricos de la capital, iba barruntando qué le iba a decir exactamente. Cuando por fin entré en lo que era su “consultorio” y, siguiendo sus amables indicaciones, tomé asiento en un mullido sillón, rodeada de cojines, antes de que pudiera decir esta boca es mía, me quedé muda. No podía hablar. Dominique, con su mirada, me invitaba a hablar, pero no podía articular una sola palabra. Entonces adivinó lo que me ocurría y, siguiendo la trayectoria de mi mirada atónita, se giró para contemplar lo que yo había visto tras tomar asiento: un cuadro con un dibujo que representaba al Bacá, idéntico al que llevaba tatuado Antoine, lucía colgado de la pared. Y junto a ese cuadro había otros muchos muy parecidos. En unos se representaba a un toro, en otros a un gato, todo un repertorio de animales tatuados en lo que parecía piel humana. Y entonces la bruja, la hechicera, la curandera, la discípula del mismo diablo me dijo, sonriendo maliciosamente: “me pertenecen, yo los he creado y aquí es donde deben estar de vuelta, en su casa, como ha sido siempre, desde tiempos inmemoriales.”

Aun hoy, pasados dos años desde aquella horrible y amarga experiencia, cuando veo un tatuaje sigo sin poder evitar un escalofrío y miro a Arianna que, ajena a todo lo ocurrido, juega con su muñeca favorita, la que le compré en Haití antes de volver a casa y de la que no se separa ni un instante. No sé que tendrá esa muñeca de trapo que la tiene subyugada.


viernes, 23 de junio de 2017

El tattoo (III)


Nunca había visto un tatuaje como aquél. No era la primera vez que recibía una oferta de este tipo. Pero ¿un tatuaje con poderes sobrenaturales? Sin duda aquel hombre no estaba en sus cabales. Pero cuando vi de qué se trataba, reconocí de inmediato su procedencia y significado. Si acepté el trato no fue, por supuesto, porque creyera en esas ridículas supersticiones caribeñas, sino simplemente para acrecentar mi colección con un espécimen tan exótico como aquel. 

Cuando tuve a ese joven, que dijo llamarse Antoine, frente a mí, le noté muy turbado. Al ofrecerle cien mil euros ─nunca antes había pagado una cantidad así por un tatuaje─ puso los ojos como platos y asintió sin dudarlo. Estampó su firma con mano temblorosa. Lo achaqué a su enfermedad terminal y por lo que debía estar pasando el pobre infeliz. Fui yo quien le aconsejó que, en su testamento incluyera un apartado en el que especificara que me donaba voluntariamente su piel tatuada. A mí solo me interesaba la del hombro, la que tenía grabada el Bacá. No quería tener ningún contratiempo, como en alguna ocasión anterior, a la hora de dirigirme a los familiares del difunto para reclamarles el tejido corporal que había adquirido legítimamente. No quería volver a ver esa cara de desprecio y de asco que me habían dirigido cuando les mostré el acuerdo firmado en vida del fallecido. ¡Un coleccionista de piel! ¡Qué asco! No, señora, coleccionista de tatuajes, era indefectiblemente mi respuesta.

Una vez se hubo marchado aquel joven haitiano, me entretuve a leer todo lo que pude encontrar sobre el Bacá dominicano. Al principio no encontré gran cosa. Tonterías. Pero luego di con el artículo de un estudioso de las creencias populares en Cuba, Haití y la República Dominicana, que me llevó a otras publicaciones más detalladas. Necesité dos largos días para documentarme. No podía imaginar que algo aparentemente tan ridículo hubiera atraído la atención de sesudos especialistas en rituales ancestrales. Viniendo de quien venía esa información, no sabía si tomármela en serio o como una simple recopilación de sucesos anecdóticos dentro de un estudio antropológico de las creencias humanas.

No sé si fue ese arsenal de información o el whisky que me tomé mientras la leía, pero por un momento pensé que de haber algo de cierto en todo ello, podría llegar a tener todavía más fama y dinero. Aun a mi edad, no venían mal ambas cosas, me dije. Y, además, no tenía mujer ni hijos a quienes mi acto pudiera afectar, acabé reflexionando. Que una persona tan sensata como yo pudiera haber siquiera sospesado esa posibilidad me resultó, de pronto, vergonzoso, pero ¿quién no tiene fantasías inconfesables?

La curiosidad me picó de tal forma que estaba deseoso de que el funesto desenlace del pobre Antoine ocurriera cuanto antes. Otra cosa de la que avergonzarme, pero era, hasta cierto punto, humano. El pobre hombre iba a morirse de un momento a otro. ¿Qué mal había en esperar que ese momento fuera antes de lo previsto? Así pues, le llamaba frecuentemente, con la excusa de interesarme por su salud y por su familia. Yo imaginaba que él adivinaba el verdadero motivo de mis llamadas. Seguro que veía que estaba ansioso por la adquisición. Cuando colgaba, me arrepentía de haberlo hecho, pero era más fuerte que yo. No podía evitarlo. Por otra parte, ¿cómo iba a saber de su defunción si nadie me avisaba? Un día le pregunté por este detalle, pensando que me diría que alguien de su familia, su mujer quizás, me pondría en antecedentes. Pero no. Me confesó que vivía solo. Que su mujer le había dejado y que no sabía nada de nuestro acuerdo. Él mismo me sugirió que le fuera llamando regularmente. Si un día no contestaba, ello significaría que le habían ingresado de urgencias o se había producido el fatal desenlace. 

Esa regularidad a la que se refería Antoine, se convirtió en una llamada diaria, a última hora de la tarde, siempre a la misma hora. Cuando volvía del trabajo, a eso de las ocho, me ponía cómodo, me servía un whisky y le llamaba. Charlábamos amigablemente de esto y aquello, nada trascendente, pues ya no me atrevía a tocar el tema de su salud. Hasta que una tarde no respondió a mi llamada. Ni a la siguiente. Alarmado, o debería decir excitado, decidí llamar al hospital donde podían haberle ingresado. Pero ¿qué hospital? Nunca se me ocurrió preguntarle a qué hospital le ingresarían en caso necesario. ¿Cómo se me había pasado por alto? Tuve que llamar a todos los hospitales de la ciudad preguntando por un tal Antoine Bisonó-Chevalier. Nada, nadie con ese nombre había sido ingresado. Al tercer día sin saber de él llamé a la policía, informándoles de mi sospecha de que algo malo le había podido ocurrir, dado su delicado estado. 

Cuando la policía entró en su domicilio, encontró el cuerpo de Antoine en la bañera, una bañera llena hasta los bordes de sangre que, según comprobaron, no era suya. Litros y litros de sangre. Un cuerpo humano no contiene tal cantidad de ese humor vital. ¿De quién era, entonces, esa sangre? Y ¿qué le había producido la muerte?

La autopsia reveló que había fallecido de un ataque al corazón y el análisis de la sangre que bañaba su cuerpo sumergido era de perro. Por lo demás, Antoine gozaba de una buena salud. Cuando pregunté al médico que me atendió en la morgue ─me presenté como un amigo, pues no sabía cómo contactar con su mujer─ por el estado de su cáncer, me miró asombrado y, por toda respuesta solo pronunció dos palabras: “¿Qué cáncer?” El hombre debió pensar que no estaba muy enterado lo que le ocurría a mi supuesto amigo, sobre todo por la cara que debí poner cuando me informó que en su organismo habían encontrado grandes cantidades de alcohol y heroína. “Su cuerpo no lo resistió. Su corazón debió decir basta”, remató el médico, que resultó ser el forense que le había practicado la autopsia.

Otro capítulo aparte fue mi petición de extraerle la piel del hombro derecho donde tenía el preciado tatuaje. El forense me observó de arriba abajo como si tuviera ante sí a un extraterrestre que le pidiera llevarse el cadáver a su planeta para investigarlo. A pesar de mostrarle el documento por el que Antoine me donaba su piel, el médico puso serios reparos. Debió pensar que formaba parte de una secta que practicaba ritos satánicos o qué sé yo. Solo faltaba que sospechase que yo le había asesinado para hacerme con su piel. 

Afortunadamente, la policía, sin saberlo, vino en mi ayuda. Encontraron sobre la mesa del comedor de Antoine un sobre rotulado a mano con la palabra “testamento”. Habida cuenta de que nadie reclamaba el cadáver, que su mujer estaba en paradero desconocido y que su familia vivía en Haití, se procedió, ante mi insistencia, a leer el testamento sin más presencia que la mía, la del notario, a quien pidieron que se personara en el hospital a la mayor brevedad posible, y la del comisario de policía de la zona.

Tras ese desagradable trance, al cabo de setenta y dos horas tenía el que se había convertido, de pronto, en mi tatuaje favorito, perfectamente enmarcado, en un lugar prominente del salón de mi casa.

En breve haría una exposición en la que daría a conocer al público lo que muchos calificaban como la colección más extraña y de peor gusto de la historia.

CONTINUARÁ...

lunes, 19 de junio de 2017

El tattoo (II)


Ojalá no hubiera escuchado a mi madre cuando me recomendó ir a ver a esa hechicera para que pusiera fin a mi amargura y me procurara un futuro feliz. No podía imaginarme que ese sería el principio del fin. Con su maldito consejo y sus artimañas abrió una puerta que nunca debí atravesar. Pero, a fin de cuentas, el culpable principal fui yo, y ante eso ya no había nada que hacer sino lamentarme. No tardé mucho en maldecir mi testarudez y mis prejuicios. En todo momento maldije el día que decidí ir en busca de ayuda.

Paola siempre se burlaba de lo que ella llamaba supersticiones. Mucha gente ignora el poder que encierran algunas prácticas y objetos mágicos. A los que creemos en ello se nos considera ignorantes. Pero la verdad está ahí y hay pruebas de que estas creencias no son absurdas. Por eso, sabiendo lo peligrosos que pueden llegar a ser algunos de esos ritos tan antiguos como el hombre, todavía no entiendo cómo pude dejarme convencer. Y eso que mi pobre madre me advirtió de que fuera con cuidado.

Dominique, hija y nieta de hechiceras, me habló del Bacá y de sus poderes protectores. Me dijo que si quería obtener prosperidad solo tenía que adquirir uno, que muchos campesinos ponen un Bacá en sus casas para defenderse de las adversidades e incluso de los delincuentes. Nadie se atreve a penetrar furtivamente en una propiedad del dueño del Bacá por temor a su furia endemoniada y si alguien llega a hacerlo y robarle, lo robado aparece antes de tres días y el ladrón recibe un cruel castigo. Pero yo no quería tener eso en casa, pues sabía que mi mujer no me dejaría tenerlo e incluso se desharía de él. “No hace falta que lo compres, Benjamin te lo puede tatuar. Así lo llevarás siempre encima y te protegerá de todo mal. Y al poco verás cómo la vida te sonríe”. Esas fueron, más o menos, sus palabras. Y al día siguiente ya lo lucía en mi hombro derecho. Sabía que a Paola no le agradaría, pero teniéndolo tatuado no podría obligarme a que me deshiciera de él. Lo hice por el bien de los tres, para que no nos faltara de nada. Lo que no me dijo esa bruja fue lo que de verdad se exigía a cambio. ¿Por qué me lo ocultó? Cuando Paola me lo contó quedé perplejo. No podía ser cierto. Pero tenía razón. Yo también lo leí después en internet. No sabía qué pensar. No podía creer que tanto Dominique como Benjamin, que también debía conocer la verdad, me la ocultaran. ¿Con qué propósito? Me tragué eso de que tener un Bacá tatuado no era lo mismo que adquirirlo en su forma física. Me engañaron. Pero, aunque hubiera querido, no habría podido hacer nada contra ellos. A Dominique la protegía su Bacá y seguro que a Benjamin también. Debían estar confabulados. 

Después de nuestra última pelea, intenté que Paola me perdonara y que me readmitiera en su casa, para así extender la protección a ella y a la niña, pero acabó cumpliendo su amenaza y solicitó una orden de alejamiento, que le concedieron creyendo que yo era una persona peligrosa. Lo único malo que hice, lo admito, fue dar por buenas las consecuencias que Dominique me contó: que, dándome felicidad, el Bacá se la robaría a un enemigo o a quien tuviera cerca de mí. No sé por qué lo hice. Pero me sentía tan humillado, tan poca cosa al lado de Paola…

Solo me quedó, pues, un recurso: intentar anular ese pacto diabólico. Pero no sabía cómo hacerlo ni si era posible. Tenía, según había leído, unos cinco años, como máximo, de tiempo antes de que se cobrara sus víctimas, un tiempo que comenzaría a contar desde el momento en que se manifestara el primer efecto protector y ese, por suerte, todavía no se había producido. Hasta el día que me tocó un premio de la lotería.

Cien mil euros. Llevaba varios años jugando, un cupón todos los viernes y en todo ese tiempo ni siquiera me había correspondido un reintegro. Y de pronto eso. Cuando me enteré no sabía si reír o llorar. El maleficio iniciaba la cuenta atrás. Debía darme prisa. Pero el tiempo pasaba y no sabía qué hacer. Entonces pensé en lo más elemental. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Pregunté por el mejor tatuador de la ciudad y fui a su encuentro. 

La única forma de quitarme el tatuaje era, me dijo, eliminándolo con láser. Sería costoso, en tiempo y dinero, y también doloroso dada la complejidad del mismo, pero valía la pena. Muerto el perro, se acabó la rabia, y nunca mejor dicho.

Sin embargo, mis peores temores se hicieron realidad cuando comprobé, horrorizado, que el tatuaje volvía a aparecer, claro y nítido, en tan solo veinticuatro horas. El tatuador no podía dar crédito a lo que veía. Yo tampoco, pero comprendí que aquello era una señal inequívoca de que el maleficio era irreversible.

Fue entonces cuando empecé a beber. Y al poco, al alcohol le acompañó las drogas. El dinero que había ganado salía a espuertas. De seguir así, me volvería a quedar sin nada o bien antes reventaría mi hígado y yo con él.  Necesitaba ayuda y no podía contar con Paola. Solo tenía a mi madre con quien desahogarme. Y así lo hice.

Cuando le conté lo que ocurría y en la situación en la que me encontraba, me prometió que iría a ver a Dominique. Algo habría para deshacer el pacto o lo que fuera con lo que me había comprometido. La conocía desde hacía muchos años y, siendo también madre, seguro que se apiadaría de ella y encontraría el modo de anular el maleficio. 

Pasaban los días y todo iba de mal en peor. Cada dos días volvía al tatuador para que intentara de nuevo borrar el tatuaje y este volvía a aparecer de forma inexplicable. Hasta que comprendí que era una forma de decirme que no podría deshacerme de él por mucho que lo intentara.

Cuando, al cabo de una larga semana de espera, mi madre me llamó, no podía creer en lo que consistía el remedio que le dio la hechicera para eliminar el maleficio del Bacá. Al parecer le costó muchísimo convencerla, le suplicó hasta la extenuación, hasta llegó a amenazarla, pobre infeliz. Dominique le repetía una y otra vez que un pacto como aquel no podía romperse. Que lo hubiera pensado antes. Y que las amenazas no le servirían de nada, estaba protegida por su Bacá y nadie podría hacerle daño. Solo cuando mi madre la acusó de haberme ocultado toda la verdad porque lo que pretendía, engañando a sus clientes, era atraer adeptos a una causa diabólica a cambio de más éxito y dinero, y que lo contaría a todo el mundo, de modo que nadie querría acudir a su consulta, por mucho Bacá protector que tuviera, Dominique pareció recapacitar. Haciendo un enorme gesto de generosidad, como le dio a entender, le reveló el único modo de liberarme del Bacá y de su influencia. Pero después de lo que ha ocurrido, no sé si aquella bruja fue sincera con mi madre o lo que le contó no fue más que otra mentira, un pretexto para acallar sus lamentos y ganar tiempo.

La fórmula para conseguirlo consistía en bañarme en sangre del animal que yo había elegido para representar al Bacá. Debía hacerlo todas las noches, durante siete días, y tenía que sumergirme por completo en una bañera llena de ese asqueroso líquido. Pero ¿de dónde sacaba yo tanta sangre de perro? Y ahí empezó el verdadero suplicio.

Salía de casa, todas las noches, oculto entre las sombras, como Jack el destripador, a la caza de perros abandonados. Tuve que ir al extrarradio, a los suburbios, a los arrabales. No fue tarea fácil. Los pobres animales, recelosos, huían ante mi presencia, como si olieran el peligro, o al mismísimo demonio. Como no tenía un arma y no sabía cómo conseguir una, recurrí a los dardos anestésicos, que pude adquirir sin levantar sospechas. Yo mismo me construí una especie de cerbatana. De este modo, logré atrapar las víctimas suficientes para llevar a cabo el ritual. Me convertí en un carnicero despiadado, en un monstruo sangrador de animales indefensos, sembrando las calles de despojos resecos tras mi macabra hazaña. Cuando llegaba a casa, cargado con bolsas de sangre, todavía me duraban las náuseas. Solo lo hice dos noches seguidas porque, tras el segundo intento, la cosa se torció.

Acababa de dar por finalizada la inmersión cuando noté algo extraño en mi hombro derecho. Parecía como si entrara en ebullición y el dibujo quisiera desprenderse. Creí que el ritual “sanador” empezaba a hacer efecto. El dolor era insoportable. Ni todo el alcohol y la cocaína que llevaba en el cuerpo pudieron neutralizar aquella tortura física. Me eché en la cama, retorciéndome de dolor, cuando, de pronto, se materializó. Juro que fue real, no fue ninguna alucinación. El tatuaje saltó de mi hombro y comenzó a aumentar de tamaño hasta alcanzar el de un perro de grandes dimensiones, jadeante, gruñendo y salivando por cada una de sus tres cabezas, los ojos enrojecidos y alerta, a punto de saltar sobre mí. Me hice un ovillo para protegerme, implorándole que no me atacara. Los ojos me dolían de tanto apretarlos para evitar abrirlos. De pronto se hizo el silencio. Solo me pareció oír algo así como “no te desharás de mi fácilmente”. Era una voz ronca y distorsionada, como si fuera un animal o un monstruo quien hubiera articulado esas palabras. Cuando abrí los ojos, temeroso por lo que esperaba ver, el perro, o el Bacá, había desaparecido y estaba de nuevo implantado en mi hombro, como si nada hubiera ocurrido. Tan solo notaba unas palpitaciones en su lugar, que fueron remitiendo junto al dolor. Me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, a la mañana siguiente, seguía en posición fetal.

A la siguiente noche no me atreví a repetir el ritual. En su lugar me bebí una botella entera de whisky y me coloqué con un chute de la mejor heroína que pude conseguir, pensando que, de este modo, perdería el sentido y no volvería a tener esa horrible visión, porque me había querido convencer de que aquello no había sido real sino el fruto de la mierda que me estaba metiendo en el cuerpo. Ya que no podía pasar sin droga y alcohol por lo menos me colocaría a tope con la dosis más alta que mi cuerpo pudiera soportar. No sé cómo no pringué de una sobredosis. 

Pero desde mi estado de semi-inconsciencia, antes de que todo se volviera de color negro, vi cómo el Bacá volvía a cobrar vida, solo que en esta ocasión ya no sentí dolor alguno. Me vi flotando por la habitación y desde lo alto veía al perro de tres cabezas y cola de dragón siguiéndome con la mirada, como si estuviera a la espera de que cayera al suelo para abalanzarse y devorarme. Hasta que acabé cayendo. Creí que el Bacá me iba a matar. Me perseguía por todas partes, rugiendo como tres leones hambrientos. Por fin, exhausto y acorralado, vi como saltaba sobre mí.

Los gritos que, al parecer, proferí, alertaron a los vecinos, que ya hacía días que sospechaban que algo extraño ocurría en mi apartamento a esas horas de la noche. La policía me encontró sin sentido. Dijeron que había sufrido un coma etílico o una sobredosis. O las dos cosas a la vez, visto los niveles de alcohol y droga en sangre. Cuando, una vez consciente, me preguntaron por el motivo de mis gritos, les dije la verdad, a sabiendas de que no me creerían. Pero no tenía nada que perder. Si me encerraban en un manicomio no sería peor. Lo único que me angustiaba era el futuro de Paola y de Arianna. El tiempo corría en su contra y yo no había hallado todavía la forma de protegerlas. Delirium tremens, dijeron después. Mi alcoholismo había llegado a tal nivel que me hacía tener esas visiones tan terribles. Me contaron que un hombre, en pleno delirio, se había amputado un brazo creyendo que era una serpiente. Siendo así, llegué a plantearme cortarme el brazo a la altura del hombro. Pero ¿cómo iba a hacer tal cosa? 

Desde entonces, no podía ni quería pegar ojo. Tenía que estar vigilante pues aquel monstruo podía acabar conmigo en cualquier momento y todo por haber querido deshacerme de él. Mi salud, ya muy deteriorada, se agravó por la falta de sueño.

Viendo que no podía evitar esas “visitas” nocturnas, acabé acostumbrándome a ellas, tolerándolas, viendo que nada malo acababa sucediéndome. El Bacá parecía haberse calmado, pero no por ello dejaba de manifestarse todas las noches. Supuse que, al no repetir el ritual del baño, no se sentía amenazado, pero quería hacerme saber que ahí estaba. Aun así, debía mantenerme vigilante y pensar en algo. Finalmente decidí buscar por mi cuenta una posible solución, e internet vino en mi ayuda, aunque no del modo que yo esperaba.

Revisando páginas sobre tatuajes, me llamó la atención un artículo. Un rico hombre de negocios tenía por hobby coleccionar tatuajes. El hombre compraba tatuajes extraños, o exóticos, creo recordar que los llamaba. Lógicamente esos tatuajes pasaban a ser suyos una vez sus propietarios habían fallecido. Solo debían firmar un contrato con el coleccionista y, una vez fallecidos, se les extirpaba la parte de piel tatuada.

Por muy extraño que fuera todo aquello, parecía cierto. Pero no me servía de nada. Yo quería deshacerme de mi tatuaje en vida y cuanto antes posible, no una vez muerto, aunque, si las cosas no mejoraban, era lo que me iba a ocurrir más bien pronto que tarde. 

Lo que realmente me sacudió, dándome un respiro de esperanza, fue otro artículo sobre tatuajes con símbolos esotéricos, a los que se les achacaba poderes maléficos. ¡Ahí lo tenía! Esos tatuajes existían, yo no estaba loco, y no era el único en llevarlos. Según el autor del artículo, el único modo de que el maleficio, cualquiera que fuera, no se llevara a cabo consistía en que su portador muriera antes de que empezara a actuar, porque, una vez desatados sus poderes, estos no podían detenerse y sobrevivían a quien los hubiera conjurado.

Por lo tanto, solo existía una solución a mi problema: yo debía morir antes de que el hechizo diabólico empezara a cebarse en la vida de mi mujer o de mi hija. 

Si por un momento dudé mínimamente, mis dudas desaparecieron cuando, al día siguiente, me encontré con el honrado vendedor de cupones. Me había olvidado por completo de la dichosa lotería y no recordaba que había acordado con él, tiempo atrás, que me guardara siempre el cupón de los viernes. Llevaba varias semanas sin verme y no había podido decirme que había sido agraciado con otro premio. “Eso sí que es suerte”, me soltó, casi tan incrédulo como yo. Otro premio, otros cien mil euros que me habían tocado sin quererlo. ¿Cuánto tiempo tardaría el maleficio en actuar? ¿Cuánto tiempo de vida le quedaba a Paola o a la niña? En ese momento tomé la decisión: daría la mía a cambio.

Al llegar a casa, llamé al coleccionista. Le conté que había leído un artículo sobre su afición y que, estando yo gravemente enfermo, quedándome muy poco tiempo de vida, necesitaba dinero para dejarle a mi esposa y a mi hija de corta edad cuando yo faltara. Le dije que mi tatuaje, no solo era exótico, sino que tenía poderes sobrenaturales. No sé si me creyó, pero quiso verlo antes de pronunciarse. Le envié una fotografía por WhatsApp. Al día siguiente estaba en su despacho firmando el contrato. A cambio, mi viuda recibiría cien mil euros (otra vez esa suma, como si tuviera algún significado). Desde luego, dejaría a Paola y a Arianna una buena cantidad de dinero, si a esta se le sumaba el último premio de la lotería y lo que todavía me quedaba del primero. Sería una forma de compensarlas por todo lo que les había hecho. Del despacho del coleccionista fui, siguiendo su consejo, al de un notario que me recomendó para dejar constancia de mis últimas voluntades, entre las que debía figurar la donación de mi piel tatuada.

Una vez tomada esta decisión, ya solo quedaba acabar con la historia que nunca debió comenzar. Esa noche volvería a salir de caza. Tomaría un nuevo, y quizá último, baño de sangre. Necesitaba provocar al Bacá, necesitaba poner fin a esa pesadilla. Lucharíamos cuerpo a cuerpo. Dejaría que me venciera.

CONTINUARÁ


miércoles, 14 de junio de 2017

El tattoo


Cuando conocí a Antoine, hacía solo unas semanas que había llegado a España sin más pertenencias que su pasaporte, unos cuantos dólares y muchas ganas de vivir sin pasar las penurias de su país natal. De noche dormía en el centro social donde yo trabajaba y de día se dedicaba a vender en la calle bisutería étnica (bijoux ethniques, como él lo llamaba en su francés con acento criollo) que confeccionaba a mano: pulseras, collares, pendientes y todo tipo de artículos artesanales. 

Nos entendíamos medio en francés, medio en inglés (soy un desastre para los idiomas extranjeros), acompañados ambos con esos gestos tan explícitos como ridículos que nunca fallan. Enseguida congeniamos. Tenía algo especial. Era una persona bastante culta a pesar de su origen humilde y de sus supersticiones. Yo siempre he respetado las creencias ajenas por muy ridículas o absurdas que me parezcan, pero debo reconocer que lo que me contaba excedía mi capacidad de comprensión y tolerancia cultural. 

Antoine era natural de Puerto Príncipe, donde la santería y el vudú conviven por igual y está presente en muchas casas. Siempre contaba historias y anécdotas de su país y de su familia, que solían girar en torno a hechizos y males de ojo. Al término de las mismas, siempre reía, como si fuera algo muy gracioso. Tenía una forma de hablar y de gesticular que denotaba unas fuertes convicciones y una vida interior muy intensa. Pero también parecía que guardase un secreto muy íntimo. A menudo le veía triste o pensativo, pero con solo verme se le iluminaba la cara y cambiaba de actitud. Me resultaba muy misterioso. A pesar de ello, o quizá por ello, aquel guapo haitiano me llegó a lo más hondo de mi corazón. Fue tal mi atracción por él que desoí todas las recomendaciones de mis compañeros y superiores sobre la inconveniencia de intimar con un usuario, como así se le llama a quien acude a los servicios sociales, ya sea en comedores o albergues públicos.

A los pocos meses de conocerle, ya vivíamos juntos. Sé que parece una locura y eso mismo les pareció a mis amigos y familiares. Ello me costó una seria reprimenda del director del centro y casi mi despido. Mis compañeras me advirtieron de que no podía fiarme de un individuo al que apenas conocía y de un estrato social y cultural tan distinto, que seguramente solo pretendía obtener con esa unión los papeles para dejar de ser un ilegal. Mis compañeros no se atrevieron a intervenir, pero me daba cuenta de que me miraban con una cierta ironía. Creo que pensaban que lo que me atraía de aquel mulato alto, musculoso y bien parecido, era algo puramente sexual. No podía creer que fueran precisamente ellos y ellas, integradores, trabajadores y educadores sociales, quienes mostraran tales prejuicios.

Al cabo de dos años de convivencia nos casamos por lo civil y tras otros dos años nos separamos. Entre medio, nació una niña, Arianna, a la que, por fortuna, pude mantener al margen del conflicto. El hombre que conocí y al que eché de casa no eran la misma persona. El que entró en mi vida era un joven simpático, amable, cariñoso y trabajador; el que salió era un ser amargado, agresivo, frío y holgazán. Cuando cerré la puerta a sus espaldas, un profundo suspiro de alivio se escapó de mis pulmones. Durante un tiempo temí su vuelta, soñaba que se colaba en casa y se llevaba a mi pequeña de tres meses. A punto estuve de colgar tras la puerta uno de esos amuletos que él decía que protegían el hogar del mal. Pero no quería tener nada que me recordara a él y a sus creencias, así que eché todas sus baratijas y cachivaches a la basura.

Durante los dos primeros años de convivencia, todo fue sobre ruedas. Éramos felices. De ahí que decidiéramos unir nuestras vidas formalmente. Yo quería tener hijos y me pareció mejor estar casados. Lo de ser una pareja de hecho no me satisfacía. Me sonaba poco romántico. Fue una boda íntima a la que solo asistieron los contrayentes, nosotros dos. No necesitábamos a nadie más. 

Al tercer año, sin embargo, la cosa empezó a torcerse. Se lamentaba de que se sentía un inútil, un mantenido, pues sus ganancias eran una menudencia en comparación con mi salario, que no es que fuera precisamente una maravilla. Este sentimiento de inferioridad se agravó cuando quedé embarazada. Decía que un hombre debía ser capaz de mantener a su familia y él no lo era. Por mucho que intenté relativizar este hecho, tachándole incluso de machista, no logré quitarle la creciente irascibilidad que se fue apoderando de él. 

Pero su mayor transformación se produjo a raíz del último viaje que realizó a Haití, para visitar a su familia, y al que yo no pude acompañarle por culpa del trabajo. Tuve que sustituir, a última hora, a una de mis compañeras, que enfermó, así que me vi obligada a posponer mis vacaciones. No sé si de haber podido ir con él las cosas hubieran ido de otro modo. Eso nunca lo sabré. Solo sé que al poco de volver de ese país caribeño empezó a comportarse de un modo extraño.

A Antoine siempre le gustaron los tatuajes. Cuando le conocí tenía varios por todo el cuerpo. Aunque nunca he sido partidaria de que la gente se grabe la piel de ese modo, debo reconocer que algunos de los dibujos que llevaba tatuados en sus brazos, torso y espalda, me parecieron hasta cierto punto estéticos. Todos tenían un significado. Pura superchería. 

Cuando volvió de aquel viaje, trajo consigo uno nuevo, grabado en su hombro derecho. Dada su ubicación, parecía tener tres dimensiones y cuando movía el brazo daba la impresión de que adquiría vida. Era un perro negro de tres cabezas y cola de dragón. Tenía sus fauces abiertas, en posición de atacar, como si estuviera ávido de sangre. Era horrible, casi demoníaco. Cuando le pregunté por qué se había hecho tatuar aquello y qué significaba, por toda respuesta me dijo que era un Bacá y que, desde entonces, nos sonreiría la fortuna. Cada vez que se quitaba la camisa y le veía aquel horrendo tatuaje, me entraban escalofríos.

Su conducta para conmigo fue cambiando progresivamente. Siempre había sido muy comunicativo, pero ahora, en cambio, rehuía mis preguntas acerca del viaje y del motivo por el cual se había hecho ese tatuaje. En más de una ocasión le sorprendí mirándome de una forma extraña, como si se sintiera culpable de algo. Y yo empecé a sospechar que me ocultaba un secreto, cuando nos habíamos prometido no tenerlos. 

Cuando dejó de trabajar, quedándose tumbado en el sofá mientras yo pasaba prácticamente todo el día fuera de casa, le di un ultimátum: o hacía algo provechoso o le pondría de patitas en la calle. ¿No había dicho que quería ser un hombre capaz de mantener a su familia? ¿Cómo explicaba, pues, esa repentina indolencia? ¿Acaso creía que la suerte vendría a buscarle a casa? No hubo forma de hacerle cambiar. Embarazada como estaba, romper con aquella relación me producía una congoja y una tristeza que nunca hubiera imaginado. No sabía qué hacer, pero aquella situación no podía continuar. O cambiaba o desaparecía de mi vida. Aguanté un año, odiándome por haber sucumbido a los encantos de alguien que quizá solo buscó en mí el modo de legalizar su situación en el país. Me indignaba pensar que mis compañeras de trabajo pudieran tener razón.

Pero lo que más me motivó a alejarle de nosotras fue algo mucho peor que la holgazanería y su cambio de carácter. Fue lo que descubrí acerca de ese Bacá que, según él, nos traería todo tipo de fortuna.

Buscando en internet, supe que, en el imaginario haitiano y dominicano, el Bacá es un personaje muy poderoso, que se representa en forma de animal: un toro, un gato o un perro negro con ojos de fuego. Conforme a esas creencias, quien adquiere un Bacá obtiene prosperidad económica. Llegado a este punto, no pude evitar una agria sonrisa al pensar en la puerilidad de Antoine por creer que ya no necesitaba trabajar puesto que esa alimaña le procuraría bienestar y riquezas sin dar un palo al agua. Pensaba en cómo iba a conminarle a que volviera a trabajar y se dejara de estupideces, cuando, lo que leí unas líneas más abajo me dejó helada. Aquello excedía todo lo imaginable, no era una simple superchería, era algo que, por muy falso que fuera, me puso los pelos de punta.

“La persona que lo obtiene hace un pacto mediante el cual, a cambio de recibir prosperidad económica, entregará al diablo el hijo más pequeño o la esposa, quienes morirán antes de los cinco años de iniciado el acuerdo”.

Tuve que tragar saliva varias veces antes de poder respirar con normalidad. ¿Era posible que Antoine accediera a tatuarse eso sabiendo lo que implicaría para mí y nuestra hijita? Aunque todo fuera una sarta de mentiras, una sandez monumental, lo realmente grave era que él, creyéndolo, hubiera aceptado el pacto. Ello significaba que solo le interesaba su bienestar y que para ello estaba dispuesto a sacrificar a la que ya era su familia.

Cuando se lo eché en cara, a gritos, se quedó mudo. No sé si fue de la sorpresa por haberlo descubierto o porque no supo qué decir en su defensa. De todos modos, no había nada que pudiera alegar que sirviera de atenuante ante esa aberración. En su creencia, había decidido entregarnos al diablo a cambio de riqueza y fortuna. 

Como yo le insistiera en la barbaridad que aquello representaba para cualquier persona en su sano juicio, montó en cólera, aplicando la bien conocida actitud de que la mejor defensa es un buen ataque. Me recriminó mi ignorancia, mi descreimiento, mi falta de confianza en él, mi egoísmo al pensar solamente en mi bienestar sin preocuparme por cómo se sentía. Parecía que me culpara por ganar más que él. Se sentía frustrado por haber fracasado con su taller de artesanía, pero le recordé que lo habíamos montado entre los dos, así que no podía reprocharme por no haberme preocupado por su felicidad. Eso le soliviantó todavía más pues había sido yo quien había puesto prácticamente todo el dinero y parecía que se lo echaba en cara. Intenté sosegarlo para que habláramos con calma de lo que realmente le ocurría. Parecía fuera de sí, pero lo logré.

De forma apresurada, me contó que, en su viaje a Haití, descargó en su madre toda su insatisfacción y vergüenza por no poder ser capaz de mantener él solo a una familia que pronto tendría un miembro más. No podía permitir que fuera su esposa el sustento del hogar, a él las cosas le iban cada vez peor y se sentía muy desgraciado. Su madre, al verle tan angustiado, le recomendó que fuera a ver a una tal Dominique, una curandera y hechicera muy conocida en Puerto Príncipe, para que le hiciera o diera algo para conseguir suerte y fortuna. Le previno, sin embargo, que fuera con cuidado porque muchos de esos hechizos pueden cobrarse "cosas malas", de lo contrario todo el mundo recurriría a ellos.

Fue esa mujer quien le habló del Bacá y que, ante sus recelos, le convenció diciéndole que a ella la protegía y que por tal motivo tenía tanto éxito y dinero, y que lo único que el Bacá se cobraría a cambio de su felicidad era la de sus enemigos o, de no tenerlos, de la gente que le rodeara. Al preguntarle él si esa gente incluía a su mujer y a su hija, la hechicera le dijo que no, que todo y todos los que estuvieran bajo su techo estarían bajo la protección del Bacá. Fue de ella la idea del tatuaje, pues sería como llevar un amuleto encima. Acudió, entonces, a un tatuador amigo suyo, un tal Benjamín, quien se ofreció a estamparle el diseño que juntos eligieron para representar al Bacá, coincidiendo con Dominique de que, tratándose simplemente de un dibujo, solo podía actuar de amuleto de la suerte.

Aquella explicación no me satisfizo lo más mínimo. Aunque pensara que tanto yo como Arianna estaríamos a salvo, Antoine estaba dispuesto a sacrificar la felicidad del prójimo a cambio de la suya. No podía aceptar en mi vida a alguien cuyas creencias llegaran hasta ese punto de egoísmo malsano.

Haciendo un esfuerzo de entereza, pues temía su reacción, le dije que no quería verle más, que se fuera por donde había venido y que no se acercara a nosotras en el futuro. Y que, si era necesario, pediría una orden de alejamiento. Indignado y humillado, me advirtió, como último recurso, que, si se marchaba, el Bacá ya no nos protegería, ni a mí ni a Arianna. No pude evitar montar en cólera.

Esa última discusión fue muy violenta. Su agresividad iba en aumento a medida que yo le recriminaba su estupidez. Los gritos debieron oírse desde la calle. No entraba en razón, no quería escuchar mis argumentos. No pensaba cambiar porque no era necesario, afirmó. Era yo la equivocada, la ignorante. Perdimos el control de nuestros actos y de nuestras palabras. Llegó a levantarme la mano cuando por fin le dije que se fuera, que aquella era “mi casa”, que la pagaba con “mi sueldo” y que si él quería seguir viviendo a “mi costa” eso no iba a ocurrir. Su mirada me dio miedo. Creí por un momento que me iba a golpear. Instintivamente, levanté los brazos a la altura de la cara en señal de protección, retrocediendo unos pasos. Por suerte, se calmó, me miró fijamente, parecía que iba a decir algo, le temblaban los labios, mientras sus ojos enrojecían, no sé si de rabia o de impotencia. El caso es que no opuso resistencia y, tras recoger sus pocas pertenencias, se marchó sin mirar atrás, ni siquiera a su hijita de tres meses, que, a pesar de los gritos, dormía plácidamente en su cuna. Mejor así, pensé, pues hasta su mirada parecía contener muy malas vibraciones.

Mientras descendía por las escaleras, no cesaba de golpear la pared con el puño, de pura rabia. Yo, en cambio, no podía reprimir el asco y el desprecio repentino que sentía por aquel hombre del que, cuatro años atrás, me había enamorado. Esperaba no volver a verlo nunca más. Lo quería lejos de mí y de mi hija.

CONTINUARÁ