miércoles, 19 de abril de 2017

La casita blanca (Capítulo 5)


A la mañana siguiente, al despertar, tardé unos segundos en tomar conciencia de dónde estaba y qué me había ocurrido. Los azulejos blancos que recubrían las paredes y el olor característico, que me traía ingratos recuerdos de mi reciente extirpación de amígdalas, me indicaron que me hallaba en un hospital. Me dolía todo el cuerpo y unas terribles agujetas torturaban mis enclenques piernas. En la blanca e inmaculada sala había otras tres camas, pero yo era la única inquilina. Intenté incorporarme, pero un intenso dolor de cabeza me hizo gemir. Al instante, quizá alarmada por mi quejido, una enfermera-monja o una monja-enfermera asomó la cabeza, o debería decir la toca alada, y desapareció sin decir esta boca es mía.

No habían transcurrido más de dos minutos que ya tenía a mi alrededor seis pares de ojos, observándome expectantes. Mi mirada recorrió velozmente el perímetro de la cama y, salvo una, todas las caras me resultaban familiares. Mis padres, con ojos enrojecidos y llenos de ansiedad, mi tía Engracia, con su tierna mirada, aliviada por verme sana y salva, el doctor Rafael, sonriente y asintiendo con la cabeza en señal de aprobación, mi hermana escrutándome como queriendo comprobar si seguía siendo la misma. Junto a ellos, un hombre ataviado con una bata blanca, médico sin duda, era el único que me contemplaba con semblante neutro. Entonces todos empezaron a hablar a la vez. El médico desconocido tuvo que imponer un poco de silencio entre el maremágnum de preguntas que me lanzaban sin orden ni concierto. 

El doctor Recasens, que así se llamaba el médico, tocado con un bigotito a lo Clark Gable, pidió que abandonaran la sala. Una vez a solas, me sometió a una somera exploración física y a formularme una serie de preguntas para comprobar, según dijo, hasta qué punto estaba en condiciones para darme el alta y pasar a la siguiente fase: el interrogatorio sumarísimo al que me someterían familiares y autoridades. Pasado el examen satisfactoriamente, permitió que todos regresaran a sus puestos.

Cuando me contaron que habían detenido a Pedrito, acusado de ser el responsable de mi desaparición, di un brinco y salté de la cama gritando a favor de su inocencia. 

Don Rafael fue el primero en sujetarme y serenarme diciendo que no me preocupara por él, que todo se aclararía, que primero tenían que llamar al cabo de la Guardia Civil que se ocupaba del caso y que, una vez se hubiera aclarado todo y demostrado su inocencia, le soltarían.

Dicho esto, todos abandonaron la sala y la enfermera-monja o la monja-enfermera me sirvió el desayuno diciéndome que, una vez me lo hubiera terminado “todo” ─recalcó con cara amenazadora, como la de la madre superiora de mi colegio─, podía vestirme y entonces llamaría a mis padres.

Me tomé aquel insulso desayuno con la mayor lentitud de la que fui capaz, pues mi cabeza daba vueltas y barruntaba qué era lo que le contaría a mi familia y al cabo ese que vendría a tomarme declaración.

¿Y si todo había sido un sueño? ¿Y si mi desmedida imaginación me había traicionado? Pero ¿y la sombra, las voces, esa presencia extraña? ¿Qué había de verdad y de irrealidad en todo lo que había experimentado? Y luego mi caída, mi vuelo, mi inconsciencia. Y mi despertar. Y, sobre todo, mi encuentro con él. Pero, de ser un sueño, ¿cuándo empecé a soñar? Si no fue más que una alucinación, todo resultaba extrañamente nítido. Todavía podía verle con claridad, muy alto y delgado, y podía recordar cada una de sus palabras, y su voz, una voz dulce y triste a la vez, mientras me contaba cómo fue su final. Ricardo me había detallado cómo y por qué abandonó la línea de fuego para perderse en la oscuridad del campo, andando por barrizales, cruzando riachuelos y bosques hasta llegar al que le protegió por un tiempo y en el que creyó estar a salvo. Me habló de cómo conoció a Pedrito y cómo este le ofreció cobijo en la casita blanca. Me habló de sus padres y de sus hermanos pequeños, de su novia, y de su abuelo paterno, ya muy viejo cuando se marchó al frente. Me habló de los horrores de la guerra, de los cuerpos mutilados y despedazados de sus compañeros de filas, del hambre y las ratas que se vieron obligados a comer por falta de otro alimento mejor. Me habló del sonido de las bombas, obuses y granadas, del rugido de los aviones enemigos, del silbido de los proyectiles, de los gritos de terror y los gemidos de dolor previos a la muerte. De su mano, recorrí el campo de batalla, sentí el olor a pólvora y a muerte, vi cómo se refugió en la casita blanca y cómo le prendieron, de madrugada. Derramó en mí todos sus experiencias y miserias. No sabía que un fantasma podía llorar e hice lo que cualquier amigo hubiera hecho en mi lugar: le abracé. Pero mis brazos no pudieron asirlo, se escurrieron a través de un cuerpo inmaterial, pues Ricardo no era más que un fantasma con recuerdos amargos que necesitaba compartir con un mortal que pudiera comprenderle y ayudarle a encontrar la paz. Y eso era para lo que yo había ido a su encuentro.

¿Cómo podía tratarse de un simple sueño? ¡Todo pareció tan real! Incluso llegué a ver quién fue su delator, el dueño del bar, ese hombre sin nombre para mí que tan bien trataba a Pedrito, pensando que así compraba el silencio de la única persona que sabía lo que había hecho, un mutismo que también le obligaba a mantener bajo amenazas de un encierro de por vida. Pero yo no he sido nunca una delatora y tampoco, aunque no lo parezca, una irresponsable. Si todo era cierto y lo contaba, podía poner en evidencia a Pedrito pues nadie creería en la revelación de un muerto sino en una acusación de un perturbado mental. Así que decidí yo también guardar silencio. No podía contar mi experiencia “sobrenatural” ─por aquel entonces no se usaba el término “paranormal”─  pues creerían que no estaba en mi sano juicio. Pero algo tendría que contar.

En estas cavilaciones andaba cuando un vozarrón de contralto me sobresaltó.

─Pero niña ¿todavía estás así? Tu familia está ahí fuera y acaba de llegar un Guardia Civil con cara de pocos amigos que también te está esperando. Así que date prisa y vístete de una vez ─y dicho esto, la monja-enfermera o la enfermera-monja dio media vuelta y volvió a desaparecer.

El cabo acababa de interrogar a un Pedrito insomne y atemorizado que no había parado de defender su inocencia. Tuvieron que darle un tranquilizante para que su verborrea bajara a un nivel comprensible. A falta de un abogado ─a ver dónde encontramos uno en pleno mes de agosto, había exclamado el comandante del puesto─, pidieron la presencia de don Rafael, como alcalde y testigo del interrogatorio y de la declaración. Por él supimos la versión de Pedrito.

Aquella maldita tarde, después de comer, Pedrito se dirigía al rio por el camino largo que pasaba por la masía de un tal Masdeu. Iba con el capazo más grande que había podido encontrar, con la intención de cargar en él el mayor número de truchas posible. Cuando Masdeu le preguntó por qué iba cargado con aquel cachivache y Pedrito le contó el motivo, el hombre se carcajeó en sus narices.

─¡Mira que eses tonto, Pedrito! ¡Dejarte engañar de este modo por una chiquilla! Anda, vuelve a tu casita, que te vas a asar con este calor de mil demonios. Ya tendrás ocasión de pescar tantas truchas como quieras otro día y en otro momento, hasta finales de septiembre ─le espetó Masdeu.

Sintiéndose engañado y decepcionado, Pedrito volvió a la casita blanca esperado encontrarse conmigo para pedirme explicaciones por mi fea conducta. A medida que avanzaba, barruntó que todo debía haber sido una artimaña para encontrarme a solas con su amigo fantasma, así que aceleró el paso para evitarlo. Fue entonces cuando me vio corriendo e intentó persuadirme para que me fuera de allí. Pero sus piernas, mucho más gruesas pero también mucho más torpes que las mías, no le permitieron darme alcance, así que tuvo que suplir su menguada agilidad a base de gritos de advertencia. 

Según él, parecía que me había vuelto loca de remate. Me comportaba de una forma muy extraña, corría de un lado para otro sin seguir una dirección concreta. Por mucho que me advertía que me fuera de allí y aun llamándome por mi nombre, yo seguía corriendo. Entonces pensó que lo que me ocurría era que había visto al fantasma y, asustada, huía. Y como viera que, en mi huida atolondrada, me dirigía directamente hacia el barranco, volvió a gritar, esta vez mucho más fuerte para que me detuviera. “No, no, no”, me decía sin apenas poder respirar. Por fortuna el espíritu de Ricardo apareció de entre los árboles, volando más rápido que el viento, gritándome a su vez para que me detuviera. Fue él quien me rescató en el preciso instante en que, habiendo dado yo un traspiés, resbalé y caí rodando por el terraplén que da al barranco. Pedrito vio, boquiabierto, cómo me tomaba en volandas y alzaba el vuelo llevándome en sus brazos.

Anduvo y desanduvo Pedrito el camino repetidas veces en mi busca y en la de Ricardo en vano, hasta que oyó voces en la entrada del bosque por la parte de la alberca. Allí se dio de bruces con un montón de gente, incluyendo a mis padres y a don Rafael, a quien contó lo ocurrido. Pero en lugar de creerle, un Guardia Civil le zarandeó, le amenazó y lo envió de vuelta a su casita sin darle opción a seguir explicándoles lo que había visto.

No obstante, Pedrito no podía quedarse con los brazos cruzados. Sabía que no me hallarían en el río, que debían buscarme en otra parte, pero ¿dónde? Cuando todos se hubieron marchado del lugar, vagó por el bosque llamando a Ricardo, suplicándole que no me hiciera ningún daño, que yo era una niña buena que solo quería conocerle porque él me había contado su triste historia. Después pensó que si el espíritu hubiera querido hacerme daño no me habría salvado de una muerte segura. Pero ¿por qué no me devolvía en lugar de haber desaparecido conmigo? Debíamos estar en alguna parte. Siendo yo una niña tan lista ─se dijo─ era muy capaz de ganarme el respeto e incluso el afecto del fantasma, como le había ocurrido a él. Ahora Pedrito ya no tenía solo un amigo, ahora tenía dos, aunque debía reconocer que yo no le había tratado demasiado bien engañándole de aquel modo, haciéndole parecer más tonto de lo que era. Pero me perdonaba porque lo había hecho para conocer a Ricardo, y si Ricardo estaba de acuerdo en tenerme como amiga, a él ya no le importaba. Lo que no acababa de entender era por qué había querido estar con él a solas. Pero siendo yo tan lista quizá quería sonsacarle cosas que Ricardo no le había contado a él. Eso le puso celoso ─admitió─. De ahí que quisiera encontrarnos a toda costa.

Pero a medida que pasaba el tiempo sin que yo ni el fantasma apareciéramos, Pedrito empezó a preocuparse. ¿Y si Ricardo se había enfadado conmigo por ser demasiado fisgona y me había abandonado en algún lugar donde nadie pudiera encontrarme? Se sintió, de repente, tan culpable por haberme hablado de él y por no haber llegado a tiempo de evitar el encuentro, que se juró hallarme como fuera, aunque tuviera que recorrer mil veces el bosque y sus alrededores, aunque no pudiera dormir ni comer en cien días. Pero, claro, si su mente era débil, su cuerpo lo era más y al cabo de dos días, se sintió desfallecer y decidió volver a la casita para comer algo, descansar y así reponer fuerzas para continuar con mi búsqueda. Fue entonces, al entrar, cuando me vio, tumbada y abrigada con su vieja manta, sin duda por obra de Ricardo que, arrepentido o habiendo satisfecho mi curiosidad, dio fin a lo que la gente llamó “el incidente”.

Cuando don Rafael me refirió, de camino a casa de tía Engracia, toda esta versión de los hechos según Pedrito, me di cuenta de que lo que yo había experimentado no había sido un sueño sino una vivencia real, algo inexplicable y extemporáneo, pero real, a fin de cuentas. Recordé haber alzado el vuelo en brazos de alguien y haberme desmayado al instante. Y también me vino a la memoria una última imagen de Ricardo, depositándome con sumo cuidado sobre el duro suelo de la casita, arropándome y susurrándome que no temiera nada, que pronto vendrían a buscarme y volvería a estar con mis padres. Lo último que hizo fue besarme en la frente y decirme que las promesas estaban para cumplirlas y que confiaba en que yo cumpliría la mía.

¿Podría cumplir mi promesa? Recordé una vez más las palabras de mi padre sobre no hacer promesas que no estás seguro de poder cumplir. Pero si para un espíritu no existe el tiempo ─pensé─ bien podría Ricardo esperar unos años más, hasta que yo fuera lo suficientemente mayor, para ver cumplidos sus deseos. No debía ser tan difícil hallar el paradero de su familia. Podía encargárselo a alguien, pero ¿quién haría caso a una niña? ¿Y qué excusa daría? Ten paciencia, Ricardo ─le dije─, que un día volveré para darte las buenas noticias.

─¿Cómo dices, niña? ¿Quieres hacer el favor de centrarte y contestar a mis preguntas? ─me sobresaltó aquel hombre uniformado que tenía ante mí.
─La niña debe estar todavía un poco ofuscada, cabo, ¿no podríamos dejarlo para más adelante? ─terció don Rafael, con el asentimiento de mis padres.
─Como ustedes quieran. Pero hasta que no aclaremos los detalles de este extraño suceso, ese tal Pedrito permanecerá en el calabozo.
─No, no, no, por favor ─exclamé─, Pedrito no tiene la culpa de nada. Ya me encuentro mucho mejor. Les contaré lo que ocurrió ─atajé con toda la convicción del mundo. Pedrito no debía permanecer ni un minuto más detenido.

Tras mi declaración, en casa de mi tía, sentada en una silla del comedor y rodeada de mi familia, de don Rafael, del cabo y un guardia civil que tomaba notas, soltaron a Pedrito, que corrió a refugiarse en su casita para no salir de allí en mucho tiempo.

La cara de desconcierto de todos los presentes ─la de mi hermana no podía verla pues estaba en la que era nuestra habitación, escuchando tras la puerta entreabierta─, era patente. Aun así, me reafirmé en todo lo dicho, que no fue mucho. Les conté mi incursión en el bosque, el propósito de encontrarme con un fantasma que, según Pedrito, habitaba en él, que me asusté porque me pareció ver una sombra y oír voces extrañas, que empecé a correr y que me desorienté, que recordaba haber resbalado y que debí darme un golpe en la cabeza que me hizo perder el sentido. Hasta ahí, todo más o menos creíble. Agotamiento, deshidratación, quizá un golpe de calor, el miedo tal vez, me habían hecho ver y oír cosas extrañas, cuando era Pedrito quien me seguía, apuntó el doctor Rafael como explicación. Lo realmente complicado era justificar mi desaparición durante dos días. ¿Cómo podía argumentarlo sin contar la verdad ─mi verdad─ y eximir a la vez a Pedrito de toda sospecha? Tragué saliva y, a sabiendas de que me tomarían por una chiflada, les dije que lo único que podía recordar era que al caer por el terraplén alguien me sujetó y se me llevó volando, el mismo que después, al recobrar ligeramente la conciencia, vi que me depositaba en el suelo de la casita blanca y me cubría con una manta, diciéndome que me pondría bien y que pronto vendrían a buscarme. También afirmé ignorar el tiempo que había transcurrido entre una cosa y otra, pero que para mí habían sido solo unos minutos. Al oír la primera parte de mi relato, el cabo puso los ojos en blanco y miró a su alrededor buscando apoyo a su perplejidad. La cara de mis padres mostraba claros signos de preocupación. Solo la de mi tía denotaba una soterrada credibilidad. En cuanto al final de mi historia, el cabo me exigió que describiera al sujeto, al raptor, quien seguramente me habría drogado con alguna sustancia ─lo que explicaría mi alucinación─ y retenido todo ese tiempo. No tuve ningún reparo en describir con pelos y señales a Ricardo, incluso me ofrecí a dibujarlo. Pero nadie pareció reconocerlo tras mi detallada descripción.

Terminado el interrogatorio, los dos representantes de la ley se marcharon al cuartel para transcribir el informe a máquina, que tuvieron que firmar mi padre y don Rafael, como adultos y testigos de mi declaración. A la vuelta, oí que mi padre le decía a mi madre que el cabo seguía pensando que Pedrito estaba involucrado en este turbio asunto y que yo, por pena o por miedo, le encubría. Que, por fortuna, no me había hecho nada malo, según había certificado el médico del hospital, porque, de lo contrario, irían a por él. Hasta transcurridos varios años no entendí a qué se refería.

Mis padres y mi tía me mantuvieron al margen de las habladurías, pero yo sabía lo que decían de mí por mi hermana, que también demostró tener dotes de espía. La historia de la “niña embrujada”, como algunos empezaron a llamarme con sorna, corrió de boca en boca. Yo apenas ponía los pies en la calle para evitar las miradas y murmuraciones de la gente. Debieron pensar que simplemente estaba chiflada o que todo había sido una invención para ocultar la verdad: que me había escapado y que la travesura tuvo su final cuando, hambrienta y asustada, decidí volver a casa. Otros decían que Pedrito había tenido algo que ver en toda aquella extraña historia, que debía sentir atracción por las niñas y que me había camelado con algún embuste de los suyos, y así un montón de estupideces, todo mucho más creíble que el hecho de que un fantasma se me hubiera llevado y devuelto al cabo de dos días. Solo unos pocos dieron crédito a la versión fantasmagórica, entre ellos el cura párroco, que quiso confesarme porque quizá aquello tenía relación con el demonio, cosa que no pudo llevar a cabo porque, a mis seis años, todavía no había hecho la Primera Comunión.

En casa de mi tía reinaba una inquietud cuyo motivo no llegué a entender. Tanto mis padres como mi hermana parecían incómodos cuando salíamos de paseo. El caso de mi hermana era claro: se avergonzaba de mí. Mis padres, en cambio, parecían temer que aquel maldito incidente volviera a ocurrir. Nunca me presionaron para que les contara toda la verdad, pues sabía que dudaban de mi versión. Aun así, me observaban con recelo y no me dejaban sola ni a sol ni a sombra. A mi hermana no llegaron a castigarla, pero la hicieron responsable de que no me moviera de la habitación que compartíamos durante nuestra siesta diaria. Con mi tía también se volvieron muy reservados y durante los primeros días que siguieron a mi aparición, mi madre no dejaba de lamentarse, en su presencia, de haber tenido la mala idea de ir a pasar aquellas vacaciones allí, en medio de la nada, como decía despectivamente. Mi tía callaba, pero notaba que aquello le dolía, que la hacía sentirse culpable de lo acontecido. Fue ella quien sacó finalmente, durante una cena, el tema a colación. 

─Aunque no se atrevan a reconocerlo, hay quienes conocen la leyenda del espíritu ─dijo de sopetón entre plato y plato─ y, dicho sea de paso, yo también la conocía y además creo que no es tal leyenda sino una triste realidad ─acabó sentenciando.
─Pero si tú misma nos dijiste que no hiciéramos caso a Pedrito, que se inventaba muchas cosas ─la interpeló mi hermana, ante la mirada de reprobación y alarma de mi madre, que la hizo callar de inmediato.
─¡Así que usted habló de este fantasma, o lo que sea, con las niñas! ─le recriminó mi madre.
─Yo no les hablé de ningún fantasma. Un día vinieron diciéndome que Pedrito les había contado que en el bosque vivía un espíritu. Todo lo que les dije fue que, aunque fuera buen chico, tenía la cabeza llena de pájaros. Eso es todo. No podía decirles otra cosa. No soy tan boba como para asustarlas con historias de espíritus.
─Nos lo hubiera tenido que contar a nosotros, sus padres ─atajó mi madre, dando por concluida la discusión.

A mis padres todo aquello les trastornó hasta el punto de hacer la estancia en el pueblo incómoda y desagradable. Se cerraron en un mutismo que no llegué a entender hasta pasados los años. Creo que ellos también debieron pensar que algo fuera de lo normal ─mis padres no eran creyentes─ me había sucedido y que mientras estuviéramos en aquel lugar, podía volver a suceder. Mi tía debió intuir lo mismo porque un día la oí decir en voz baja algo así como “quien no cree en Dios, cree en brujas”. Entonces no entendí su significado. Supongo que quiso decir que hay quien niega la existencia de Dios, del más allá, de otra vida inmaterial, porque lo consideran inimaginable y ridículo, pero en cambio creen en brujería, adivinaciones, premoniciones, ocultismo y demás zarandajas. Mis padres, pues, debieron creer que algo oculto había detrás de mi desaparición y posterior aparición y que aquel lugar tenía algo que ver en todo ello ─hoy lo llamarían un expediente X─ y decidieron hacer las maletas antes de lo previsto.

El día de nuestra marcha, tía Engracia no nos acompañó hasta la parada del autocar. Se despidió en casa, deseándonos buen viaje. Con los ojos enrojecidos, me besó y, con una mirada pícara, me dijo muy bajito que la escribiera y le contara cosas de mi “nuevo amigo”.

Creo que muchos en el pueblo suspiraron de alivio al vernos cargados con las maletas esperando en la parada, frente al bar del hombre sin nombre. Antes de subir al autocar, no pude evitar echar el último vistazo a la plaza y entonces vi a Pedrito que, desde detrás de uno de los viejos plátanos que la circundaban, me observaba. Cuando se cruzaron nuestras miradas, me sonrió, me saludó con la mano y desapareció.

Cuando el autocar enfiló la carretera, a la salida del pueblo, mi mirada se adentró en el bosque que tantas tardes había recorrido. Desde donde yo estaba era imposible ver la casita blanca. Me hubiera gustado despedirme de ella. Suspiré. Algún día volvería, de esto estaba segura. Y de pronto algo, a lo lejos, me llamó la atención. Era una sombra, una silueta muy alta y delgada, que desde la espesura me decía adiós.

Tuvieron que transcurrir veinte años para poder cumplir mi promesa. En agosto de 1976, volví al pueblo para pasar unos días. Me hospedé en la que fuera la casa de tía Engracia, convertida en lo que hoy se conoce como casa rural. Entonces era simplemente una casa donde se alquilaban habitaciones y se servía el desayuno, un Bed & Breakfast de la década de los setenta. 

Pedrito debía rondar los setenta años, pero seguía siendo un niño grande. Ya no vivía en la casita blanca sino en una residencia que le había procurado el ayuntamiento. Fui a su encuentro y le conté mis peripecias para dar con la verdadera identidad de Rafael y con el paradero de su familia, a la que me había presentado como una reportera que estaba investigando algunos crímenes de la guerra civil y que casualmente había dado con la historia de Ricardo. Sabía que no encontrarían consuelo con mi inventada, pero aun así dura, versión de los hechos, pero lo hice para que Ricardo supiera dónde encontrarlos y pudiera estar, a su manera, cerca de ellos. Recuerdo que Pedrito se puso a reír como un niño a quien le han hecho el regalo que esperaba, diciendo que Ricardo se alegraría muchísimo pues había estado esperando ese día con verdadera ilusión. Al día siguiente fuimos al bosque. Los tres recordamos el “incidente” que tuvo a todo el pueblo en vilo. Después vino el momento de las despedidas. A Pedrito lo acompañé de vuelta a la residencia. De Ricardo nos despedimos en la casita blanca.


Ya han pasado cuarenta y cuatro años desde aquel verano. El pasado mes de junio cumplí los sesenta y Clara está a punto de cumplir los sesenta y dos. Dentro de pocos días será Navidad y volveremos a reunirnos, como cada año, en torno a la mesa para celebrar las fiestas con nuestros maridos, hijos y nietos. Y como cada año, saldrá a relucir “el incidente” y Clara volverá a intentar sonsacarme si lo que me pasó tuvo algo que ver con aquel fantasma del que nos habló Pedrito. Y yo, como siempre, me andaré por las ramas y le hablaré de Pedrito, que hace ya cuatro años que nos dejó. Y haré como si aquel suceso ya no me importara. Pero el recuerdo de Pedrito, de Ricardo y de la casita blanca siempre permanecerá en mi memoria.

FIN



miércoles, 12 de abril de 2017

La casita blanca (Capítulo 4)


Como si de correr los cien metros libres se tratara, a las tres y media en punto, salí disparada hacia el bosque. Recuerdo que aquella tarde fue una de las más calurosas del mes de agosto. O así me lo pareció. Solo llegar al linde de la alberca con el bosque, ya estaba empapada de sudor y el corazón parecía querer salírseme del pecho, latiendo al galope y retumbando en mis oídos. Mis piernas flaqueaban y me acordé que durante el almuerzo apenas había probado bocado por culpa de los nervios. La sed me había secado los labios y la garganta. Junto a la alberca había un caño del que salía un chorro de agua helada que subía del río. Pero no podía perder un tiempo precioso y, además, me acordé de la recomendación de tía Engracia de no beber jamás agua fría sudando, a menos que quisiéramos sufrir unos retortijones de cuidado o, peor aún, un corte de digestión.

Pasé, pues, por alto cualquier posibilidad de recuperar el aliento y el agua que mi cuerpo había transpirado por el esfuerzo y me adentré en el bosque sin dilación. Aun ahora no comprendo cómo mis flacuchas piernas pudieron resistir siquiera los primeros quinientos metros que separaban el bosque de la casa de nuestra tía. Enfilé el camino hacia la casita a la carrera. Los únicos sonidos que captaban mis oídos eran los de mi agitada respiración, de las pulsaciones de mi corazón y de mis zancadas. Parecía que hasta los pájaros hubieran enmudecido a mi paso, presumiendo que algo grave iba a ocurrir. Pero poco antes de llegar al claro me pareció oír voces, voces agudas que alternaban con otras mucho más graves. Unas veces eran como susurros, otras veces como alaridos, y finalmente como ecos del más allá que me advertían de algún peligro. “Vete, vete”, parecían decir. Me detuve sin resuello, creí que mis pulmones iban a estallar y unos pitidos agudos acribillaban mis tímpanos. Y entonces advertí una presencia. Allí había alguien observándome, agazapado detrás de la maleza. Creí que sería Pedrito, como la primera vez que le descubrí, pero le suponía en el rio, creyéndose mi engaño, tratando de pescar las últimas truchas de la temporada. Volví a emprender la carrera cuando me pareció ver de reojo una sombra que se escondía a mi paso. Quise convencerme de que todo era una especie de alucinación causada por el miedo. Pero entonces le vi claramente. Corría en paralelo, pero no podía verle la cara, solo la silueta que los finos rayos solares, perforando como afiladas agujas las densas copas de los árboles, iluminaban de forma intermitente, parpadeante, a medida que avanzaba. Y entonces empezó a llamarme por mi nombre: “Julita, Julita”. 

Yo seguía corriendo, pero mis piernas se negaban a avanzar todo lo rápido que quería. Hice un esfuerzo sobrehumano para no desfallecer. De pronto, el terreno empezó a inclinarse y en lugar de correr por propia voluntad parecía que algo me empujaba. Perdí la noción del tiempo y del espacio. No sabía cuánto llevaba corriendo, pero me pareció una eternidad. Tampoco sabía dónde estaba ni hacia dónde me dirigía. Solo veía árboles y más árboles, un bosque inmenso, inacabable. Todo giraba a mi alrededor. De pronto, la sensatez quiso venir en mi ayuda y me dijo que había cometido una terrible equivocación. ¿Qué hacía yo en un bosque, sola, buscando a un espíritu? ¿Y si todo era mentira y había caído en una trampa? Me habían contado historias de niñas desaparecidas por andar por donde no debían sin compañía de sus mayores. “Alejaos de extraños”, nos decían en el colegio. “Si un desconocido os pide que le acompañéis, ni se os ocurra hacerle caso”, nos repetía nuestra madre. Pero Pedrito era de fiar, no me engañaría, no me haría daño. Además, era yo la que había insistido en conocer al fantasma. No, Pedrito no me haría ningún mal. Pero ¿y el espíritu? ¿Y si Pedrito tenía razón y era peligroso? Todo eso pasó por mi enfebrecida mente en cuestión de segundos, tiempo suficiente para cambiar de planes. Todavía estaba a tiempo de volver a casa de mi tía y abandonar aquella locura. Di media vuelva y, recobrando las exiguas fuerzas que me quedaban, corrí como si realmente me estuviera persiguiendo un espíritu maligno. Pero no sabía por dónde debía volver. Todo el paisaje a mi alrededor era idéntico. Me había extraviado. Pero debía salir de allí como fuera. A alguna parte llegaría. Una vez fuera del bosque pediría ayuda. No me importaba el castigo que me infligieran mis padres. Quería volver con ellos sana y salva. Pero a medida que avanzaba, tropezando aquí y allá, el terreno se iba inclinando cada vez más, no sabía si era efecto del cansancio o porque realmente la pendiente se hacía más pronunciada. Y entonces volví a escuchar la voz, más aguda e hiriente.  Ahora exclamaba “no, no”. Cada vez más alto y más cerca. Y de pronto ya no era una voz, sino dos las que gritaban a la vez: “para, para”. Lo último que oí era algo sobre el río. Y de pronto me sentí volar.


Así pues, se cumplieron los peores temores de Clara y como a las seis de la tarde todavía no había aparecido en el patio para merendar, mis padres, extrañados, preguntaron por mí, pidiéndole a mi atemorizada hermana que me despertara y que me apremiara a salir, que ya iba siendo hora de espabilarme. 

Cómo les explicó mi ausencia, todavía no lo sé a ciencia cierta, pues cada vez que ha salido el tema a relucir, me ha dado una versión distinta. Yo me la imagino representando la escena con un dramatismo operístico, propio de una hermana que quiere a toda costa eximirse de culpa e interpretando su papel favorito, el de acusica, como solo ella sabía hacer.

Lo que sí sé es la reacción inmediata de mis padres y de tía Engracia: ir, sin perder ni un minuto más, a la casita banca, donde suponían que me encontrarían charlando con Pedrito, con la intención de echarme la mayor bronca jamás contada.

Me imagino sus rostros trasmudados cuando, después de recorrer, mi padre cojeando y maldiciendo, mi madre sollozando, mi tía rezando y mi hermana refunfuñando, el largo trecho hasta el claro, comprobaron que en la casita no había más que un montón de hierbajos y hojas secas que el viento arremolinaba. 

El temor y la angustia que siguieron al desconcierto inicial, sospechando que algo malo me había ocurrido, les dominó hasta el punto que empezaron a gritar como posesos mi nombre al viento esperando que este viniera en su ayuda y les respondiera dándoles mi paradero. 

A las dos horas de mi desaparición, una dotación de la guardia civil, alertada por don Rafael, que, además de médico, ejercía de alcalde, se personó para recabar información de lo ocurrido y, de ser necesario, emprender una batida por el bosque y alrededores. Tía Engracia me dijo que nunca había visto fumar a mi padre, ni a ningún hombre, de aquel modo. Con la brasa de una colilla encendía otro pitillo sin parar, con el pulso temblándole como hoja al viento. Mi madre, ahora llorando desconsoladamente, solo repetía mi nombre, imaginándose las peores desgracias.

Mi hermana, acongojada pero seguramente aliviada porque no la habían culpabilizado de nada, se quedó con mi tía por si yo acababa apareciendo, mientras mis padres, los guardias y un grupo de vecinos, marcharon en mi busca antes de que la oscuridad impidiera ver por dónde pisaban.

No habían llegado a la alberca del señor Eusebio, que también se les había unido, cuando Pedrito salió al paso del grupo, visiblemente agitado. Farfullaba cosas ininteligibles, hasta que don Rafael, con voz tranquilizadora y sabedor de cómo tratarle, le serenó lo suficiente como para que su diatriba se hiciera mínimamente comprensible. 

Pedrito, al borde de las lágrimas, les contó que me había visto correr en dirección al barranco, que él había intentado advertirme pero que yo, haciendo oídos sordos, había proseguido mi alocada carrera en dirección al río. Cuando le preguntaron si sabía por qué corría, les dijo que huía del fantasma, que el espíritu de Ricardo me debía haber asustado, y que él ya me había advertido que no fuera en su busca porque podía enfadarse. Aun creyendo que la explicación de Pedrito era incierta ─el cabo de la benemérita, desconocedor de la especial naturaleza de Pedrito, lo agarró por las solapas zarandeándolo y conminándole a no decir idioteces y a contar la verdad─, mis padres lograron que dos números de la Guardia Civil, avezados montañeros, bajaran hasta el río, dejando al resto del personal oteando desde lo más alto y temiendo lo peor. A Pedrito ya no le dejaron abrir la boca, por mucho que insistía en su relato de los hechos, y lo enviaron a la casita advirtiéndole que dejara de incordiar.

No hallaron nada, ni siquiera signos ─supongo que se referían a sangre y restos de ropa o calzado─ que hicieran pensar que alguien se hubiera despeñado desde aquella altura. Si bien fue un alivio para todos que no hubieran encontrado mi cuerpo sin vida, no por ello dejaron de temer por mi integridad. La noche cubrió la poca luminosidad del atardecer y todo el mundo se retiró a sus casas, la Guardia Civil a su cuartel, y mis padres a casa de tía Engracia, incapaces de comer y de conciliar el sueño durante la que fue una larga espera hasta el día siguiente, cuando retomarían mi búsqueda.

Aquella noche de vigilia, la más larga que mis padres y mi tía recordarían en años, Clara se vio obligada a contar los pormenores de nuestra aventura, empezando con el hallazgo de la casita blanca y de Pedrito después, así como mis repetidas escapadas e incursiones en el bosque con el único propósito de conocer la verdadera historia de ese fantasma, que ella suponía imaginaria pero que Pedrito me había hecho creer. La reprimenda no se hizo esperar, pero el castigo quedó aplazado hasta nueva orden. Clara pensó ─según me confesaría tiempo después─ que la prórroga solo tenía como propósito dictaminar la severidad del castigo en función de la gravedad de lo que me hubiera ocurrido. Tal como era mi hermana por aquel entonces, solo debió desear que no me hallaran muerta para que la pena a cumplir fuera lo más soportable posible. 

Cuando al día siguiente se concentró nuevamente el equipo de búsqueda, encabezado por mi padre, cuya pierna parecía querer roerle hasta el tuétano, Pedrito hizo nuevamente acto de presencia, esta vez más calmado. Cuando don Rafael le preguntó qué hacía allí, aquel le dijo al oído que el espíritu se me había llevado en volandas justo antes de precipitarme por el barranco, y que aunque no sabía dónde me tenía, como él era su amigo, le convencería para que me devolviera sin hacerme ningún daño.

El cabo que la tarde anterior abroncó al pobre Pedrito quiso saber qué eran esos cuchicheos. Cuando don Rafael, haciendo gala de resignación y ecuanimidad, le recordó la “peculiaridad” del recién llegado y le insistió que no debía preocuparse por él, pues no era completamente responsable de sus palabras y de sus actos, aquel montó en cólera y lo interrogó en un aparte ante la mirada contrita de todos los presentes y los quejidos infantiles del pobre infeliz. Hasta que el enérgico interrogador comprendió lo inútil de sus esfuerzos.

Al atardecer de ese día, cuando el grupo volvió nuevamente a sus hogares sin saber de mí, mis pobres padres ya se temían lo peor. Unos hablaban de alimañas, otros de gitanos que se llevaban a niños y niñas para venderlos, y otros de un desgraciado accidente, una caída por alguna grieta que había pasado desapercibida. Pero más de una docena de personas habían peinado el bosque y el monte sin haber observado nada alarmante. Al día siguiente se personaría un equipo de rescate especializado en búsqueda de personas desaparecidas, con perros adiestrados para ello. La Comandancia de la zona había sido informada y había movilizado ese nuevo contingente. Las emisoras de radio locales informaron de mi extraña desaparición y pidieron la colaboración ciudadana para que notificaran de inmediato a las autoridades si veían a una niña de seis años deambulando por los contornos.

Me imagino la desesperación de mis padres y de mi tía al ver que pasaban las horas y yo seguía sin dar señales de vida, ni de muerte. Clara se pasó todo ese tiempo prácticamente encerrada en nuestra habitación, en parte por temor a que su presencia resucitara el enfado de nuestros padres hacia ella y en parte porque a sus siete años y medio empezó a ser consciente de que algo muy malo podía haberme sucedido. 

─Tú dices que no sabes lo que te ocurrió, pero yo nunca olvidaré por lo que pasé mientras estuviste desaparecida ─me ha echado en cara en más de una ocasión cuando ha insistido en que le contara mi versión de los hechos.

Al cumplirse cuarenta y ocho horas de mi desaparición, Pedrito entró en casa de tía Engracia como un huracán. Si habitualmente se le entendía más bien poco, en aquella ocasión era imposible sacarle algo que no fueran gemidos y balbuceos totalmente incomprensibles, señalando con ambos brazos hacia la calle. Solo nuestra tía fue capaz de calmarlo con un sopapo que lo sentó de golpe en la primera silla con la que su cuerpo tropezó. Tras hacerle beber un vaso de agua bien fría, el pobre volvió a la carga, esta vez algo más sosegado.

Vino a decir que, de vuelta de su ronda ─no había dejado de buscarme en todo ese tiempo─, hambriento y cansado, entró en la casita para prepararse algo para cenar y allí estaba yo, tendida en el suelo, como dormida, envuelta en una vieja manta que él guardaba para las noches de invierno. Me había tocado, luego zarandeado, pero no me movía. Pero estaba viva porque respiraba.

Avisado el doctor, mis padres fueron con él en mi busca, seguidos de Pedrito que no paraba de repetir su historia y de que tenía que haber sido el fantasma de Ricardo quien me había devuelto porque él así se lo había pedido, aunque el espíritu, no sabía decir porqué, seguía sin aparecer.

Aquella noche la pasé en el hospital comarcal, vigilada de cerca por don Rafael y mis padres, quienes inmediatamente notificaron mi hallazgo a la Guardia Civil.

De aquella noche solo tengo un vago recuerdo, pues despertaba y volvía a dormirme en cuestión de segundos y, con cada despertar, recordaba el sueño que acudía a mi cerebro, una y otra vez, como una historia por entregas. En el sueño hablaba con Ricardo. Él me contaba su vida y yo le prometía ayudarle a localizar a su familia. Cada vez que abría los ojos veía la cara de mis padres que, angustiados, me preguntaban si me encontraba bien, a lo que yo solo contestaba afirmativamente con la cabeza y una sonrisa. También veía al buen doctor, tras ellos, que se acercaba a tomarme el pulso o a tocarme la frente, y que me susurraba cariñosamente: “Descansa, niña, descansa. Mañana será otro día”.

Si aquella noche fue bastante plácida para mí, tuvo que ser horrible para Pedrito. ¡Pobre Pedrito, lo que debió pasar por mi culpa!  Al poco de haber puesto mi aparición en conocimiento de la Guardia Civil, esta se presentó en la casita blanca, llevándose detenido a Pedrito por sospechoso de mi secuestro. ¿Quién sino podía haberme raptado y retenido en el bosque, vete tú a saber con qué intenciones, para luego, asustado por la magnitud del suceso, dejarme en la casita con la excusa de que había sido un fantasma el responsable de todo? Aun así, tendrían que esperar a que yo recuperara la lucidez para interrogarme y conocer mi versión de lo ocurrido. 

Lo más lamentable no fue que la Guardia Civil creyera a Pedrito culpable de mi desaparición, sino que la mayoría en el pueblo lo creyó. Y digo la mayoría porque hubo más de uno que dio por cierta la versión de ese pobre chico, corto de entendederas, pero con una gran imaginación, como le había definido tía Engracia.

Entretanto y a pesar de mi semi-inconsciencia, yo sabía que al día siguiente me someterían a un exhaustivo interrogatorio. Lo que no sabía era lo que debía contarles.


jueves, 6 de abril de 2017

La casita blanca (Capítulo 3)



Si cierro los ojos y rememoro la escena, no puedo evitar sonreír. Pero, claro, visto así, desde una distancia de más de cincuenta años, las cosas se relativizan y lo dramático se torna ridículo o, incluso, patético. Debo reconocer, sin embargo, que, por un momento, sentí miedo.

Aun me veo de pie, plantada en medio del claro, inmóvil cual estatua de mármol, con Clara pegada a mis espaldas como una lapa, mirando por encima de mis hombros a aquel individuo que, encorvado y con su grotesca cara a dos palmos escasos de la mía, contaba una historia increíble aderezada con un hedor insoportable y algún que otro salivazo propinado por la falta de varios incisivos.

¿Sería un loco peligroso? ¿Qué era eso que contaba atropelladamente sobre un espíritu? Mientras hablaba, sus ojos nos miraban alternativamente. Cada vez que se dirigía a mi hermana, notaba como esta se encogía instintivamente. En cuestión de segundos, el hombre pasaba de la risa a la congoja. Debido a la fuerte impresión, solo logré entender que un espíritu malo habitaba en el bosque. Él vivía en la casa que habíamos descubierto y era el único en el pueblo que veía al fantasma y podía comunicarse con él, porque era su amigo ─recalcó─. Y como acabara su atolondrado relato con un alto y claro “corred, corred, marchaos de aquí”, no le dimos tiempo a añadir nada más pues ya corríamos como galgos, pero esta vez mi hermana delante y yo detrás.

Sabiendo, como supimos más tarde por nuestra tía, que el llamado Pedrito era inofensivo, sustituí el temor inicial por una mayor curiosidad. Quería saber qué había de cierto en lo que nos había contado “el loco del bosque”, como le bautizó Clara.

Pero, como dije antes, desde entonces tuve que prescindir de la compañía de Clara. No me sentí con ánimos, ni me pareció prudente, persuadir de nuevo a mi hermana, ni siquiera bajo coacción, para que volviera a acompañarme al bosque para hablar con más calma con Pedrito para que nos contara, con pelos y señales, la historia del fantasma del bosque. Mejor sola que mal acompañada, pensé.

Como, en el fondo, Clara estaba tan intrigada como yo, no puso demasiados reparos en que yo continuara, por mi cuenta y riesgo, visitándole, aunque me hizo jurar por todos los santos del santoral que si veía o notaba algo raro volvería a casa volando y que nunca tardaría más de la cuenta. De lo contrario, si nuestros padres notaban mi ausencia y preguntaban por mí, les contaría toda la verdad, aunque ello le supusiera compartir conmigo el peor de los castigos.

Nunca había hecho tanto ejercicio como durante aquellos días. Hacía el trayecto de ida y vuelta al galope. Una vez de regreso y a salvo en casa de tía Engracia, antes de salir de la habitación donde se suponía que había estado sesteando un par de horas, me refrescaba para eliminar todo rastro de sudor y acaloramiento gracias a un lavamanos con palangana y jofaina, que la tía había dispuesto en nuestros cuartos para el aseo diario y que por aquel entonces era un enser bastante habitual en las casas antiguas, especialmente en el medio rural.

Por la noche, ponía a Clara al corriente de lo que Pedrito que había contado a su manera y, debo añadir, contra su voluntad. Al principio me costó mucho averiguar más cosas del fantasma, a quien consideraba como una pertenencia que no quería compartir con nadie. Después del arrebato inicial en el claro, se mostraba reservado y asustadizo, mirando a diestra y siniestra, argumentando que si le veía hablar conmigo podría enfadarse. “Vete, vete”, repetía, manoteando en el aire como si yo fuera una mosca molesta y repulsiva de la que quisiera librarse. Todo ello lo atribuí a que aquel fantasma debía ser el único amigo, real o ficticio, que Pedrito tenía y temía que yo se lo pudiera arrebatar. De ahí que se empeñara en hacernos creer que era peligroso. Pero ¿existía realmente ese espíritu del que nos había hablado? Como niño que mentalmente era, me resultó muy fácil ponerme a su nivel y sonsacarle, poco a poco y con astucia, sus secretos, como él los llamaba. Yo, a cambio, le contaba los míos, bagatelas del tres al cuarto que cualquier niño hubiera considerado ridículas o intrascendentes.

En dos ocasiones no di con Pedrito y tuve que volver a casa con las manos vacías. Y todo por culpa de las truchas, su pesca y manjar favoritos, según pude saber. Me dijo que el mejor momento para cazarlas ─como lo llamó─ es a primera hora de la tarde, porque ─según él─ es cuando duermen la siesta y son presa fácil. Las arponeaba con una especie de lanza que él mismo había confeccionado. No sé cómo ni por dónde, pero bajaba al río, desafiando el abrupto barranco y ─siempre según su versión de los hechos─ en menos de media hora llenaba el morral con una docena de ejemplares. Supongo que en eso exageraba, como todos los pescadores. 

Necesité una semana de idas y venidas para esclarecer los hechos que, de forma un tanto disparatada y con su peculiar verborrea, me iba relatando Pedrito a regañadientes, sentados a la sombra de un árbol o en el desvencijado zaguán de la casita blanca. Fue al término de esa semana de confidencias cuando se produjo el “incidente”.

Yo no creía en fantasmas, pero la historia que me fue contando, cierta o inventada, era de lo más interesante. Su amigo fantasma ─como así lo definió─ llevaba muerto dieciocho años, cuando contaba con solo veintitrés. Se llamaba Ricardo y fue un soldado desertor del ejército republicano que, a finales de 1938, se escondió en esa casa que ya entonces estaba abandonada y que había pertenecido a un pastor que murió en el frente a principios de la guerra civil.

Ricardo estuvo refugiado allí unas pocas semanas, el tiempo que tardaron en descubrirle unos vecinos y delatarle a un grupo de milicianos ─al parecer los mismos que habían incendiado la ermita─, que estaban de paso por el pueblo y que lo sacaron a rastras para fusilarlo allí mismo. Tras un desesperado forcejeo, el joven pudo finalmente desasirse de sus verdugos y echó a correr adentrándose en la espesura. Había oscurecido y su persecución resultó dificultosa, pero hubo quien dijo que le había alcanzado un disparo, pues vio cómo su cuerpo se desplomaba. Otros dijeron que le había visto continuar su huida hacia el río y que, de ser así, podía haberse despeñado por el barranco que a él se asoma. El caso es que nunca hallaron su cadáver. Desde lo alto les pareció ver un cuerpo inerte junto a las rocas, pero, cuando llegaron al lugar, solo hallaron, semi-ocultos, algunos cuerpos en descomposición, resultado de “ajusticiamientos populares” de traidores a la causa, que eran despeñados tras pegarles un tiro en la nuca.

Según le había contado Ricardo, ninguna bala llegó siquiera a rozarle. Simplemente resbaló en la oscuridad y su cuerpo cayó al vacío, rebotando contra las rocas, cual muñeco de trapo, acabando siendo arrastrado río abajo. Su espíritu, sin embargo, quedó atrapado en el lugar donde su cuerpo perdió la vida, volviendo de nuevo a la casita blanca que le había dado cobijo entre los vivos. Según Pedrito, su muerte despertó en él una sed de venganza que los años transcurridos todavía no había lograron mitigar. Ahora vagaba, perdido y desorientado, buscando infructuosamente el modo de estar cerca de su familia, que todavía debía llorar su desaparición.

Era una historia conmovedora. Pedrito afirmaba que había gente en el pueblo que la conocía y que, aunque nunca le hubieran visto, creían que el espíritu de Ricardo deambulaba por los alrededores y habitaba en la casa que ahora también él ocupaba. De ahí que muchos no quisieran acercarse ni siquiera al bosque. Y había otros que, aunque afirmaban que la historia que les había contado el “tonto del pueblo” era pura invención, le dirigían una mirada torva. Según él, debían ser los que delataron a Ricardo y deseaban que guardara silencio para que todo aquello se olvidara. Prueba de ello era que más de uno le había amenazado con encerrarlo en un manicomio como continuara contando esa historia. Y ante tal amenaza, había decidido cerrar la boca.

No sé cómo ni porqué, pero acabé creyendo en la veracidad de aquella historia. Y en la existencia de ese fantasma. Pero si Pedrito podía verle y comunicarse con él, ¿por qué no yo? Cuando así se lo dije, se puso hecho una furia y me replicó, una vez más, que solo él era su amigo y que si nos veía juntos se esfumaría o incluso podría enfurecerse.

Si al principio la figura del supuesto fantasma me atemorizó un poco, luego sentí pena y simpatía por él. ¿Cómo podía ser peligrosa una pobre alma en pena? A mi hermana, en cambio, esa historia le ponía los pelos de punta. Pensar que un fantasma andaba suelto y que podía ir buscando venganza era como una maldición. Pero ¿qué había de cierto en todo lo que había escuchado de boca de Pedrito? Clara era de la opinión de que lo teníamos que contar a nuestros padres, pues sabrían qué hacer. Pero la tía Engracia debía estar al tanto de algo ─pensé─. Mejor interrogarla a ella.

─Pedrito será corto de entendederas, pero tiene mucha imaginación. A fin de cuentas, es como un niño ─nos dijo nuestra tía─. A veces creo que alguna bomba le debió afectar el cerebro aún más de lo que ya lo tenía, el pobre. Aunque sea inofensivo, cuando le veáis, mejor que os alejéis de él, no vaya a llenaros la cabeza con más bobadas. Y, además, esas historias no son para niñas de vuestra edad. Ya hablaré con él cuando le vea ─sentenció.
─Pero es que Pedrito dice que hay gente en el pueblo que sí lo cree ─repliqué.
─Eso no son más que cuentos de viejas, que es precisamente lo que más abunda en este pueblo. ─Y ahí quedó zanjado el asunto. Para ella y para mi hermana. No para mí.

Aunque Pedrito decía encontrarse con su amigo fantasma en cualquier lugar del bosque, la casita blanca se me antojó el lugar idóneo para buscarle. A fin de cuentas, era su refugio. Pero eran varios las dificultades a las que tenía que enfrentarme: la primera, que solo podía ir durante la siesta familiar ─que afortunadamente se seguía con escrupulosa puntualidad─, así que solo tenía dos horas para ir, contactar con el espíritu y volver; la segunda, tanto o más difícil que la primera, era burlar la vigilancia de Pedrito, pues si me veía y adivinaba mis intenciones seguramente intentaría frustrarlas; y la última, pero no menos importante, consistía en que si lograba que el espíritu de Ricardo se me apareciera, debía procurar que confiara en mí. Esos tres inconvenientes casi me hicieron desistir. Pero mi imaginación sin límite ──cuando pienso que solo tenía seis años, me horrorizo─, pergeñó sendos planes para salir airosa de cada uno de ellos: tendría que correr más veloz que el rayo; le diría a Pedrito que mi padre, muy aficionado a la pesca ─en realidad la única caña que había sostenido alguna vez en sus manos era la de cerveza─, había comentado que iban a prohibir de un momento a otro la pesca de la trucha porque ya casi no quedaban ejemplares y a quien vieran pescándola se lo llevarían detenido; y al fantasma le diría que le ayudaría a encontrar a su familia para que pudiera contactar con ella y, de paso, que supieran la verdad de lo ocurrido. 

Mi padre nos había inculcado que en este mundo lo más importante es la justicia. Pues yo pondría mi granito de arena para que se hiciera justicia con Ricardo. Claro que mi padre también nos había enseñado a decir siempre la verdad y a no hacer promesas que no se pudieran cumplir. Y mis planes pasaban por contar una monumental mentira a Pedrito ─a quien le faltó tiempo para irse corriendo al río para llenar el canasto más grande que pudo encontrar y aprovisionarse así de truchas para lo que quedaba de verano y parte de otoño─ y hacer una promesa a un muerto que solo pude cumplir al cabo de muchos años.

Mi obsesión ─porque se había convertido en eso─, sin embargo, me llevó a enfrentarme al peor de todos los inconvenientes: mi hermana. Aunque no le revelé lo que realmente pretendía hacer ─una cosa era ir a hablar con un disminuido psíquico y otra muy distinta con un espíritu─, harta de ser mi cómplice, me conminó a que dejara definitivamente esas escapadas si no quería que lo revelara todo a mis padres, fueran cuales fueran las consecuencias. Ya no le importaba ni el castigo ni la tortura que le significaría que yo desvelara, ante todos, su amor secreto. La vi tan resuelta a cumplir su ultimátum, que tuve que ceder, pero, a cambio, llegamos a un acuerdo: esa sería la última tarde que me escaparía. Tenía que despedirme de Pedrito. Si no acudía a la cita diaria, se extrañaría y, siendo como era, podía un día pecar de indiscreción y preguntarme el porqué de mi ausencia delante de oídos familiares y extraños.

El carácter de Clara debía estarse reblandeciendo por efecto del calor porque, de otro modo, no me explicaba cómo podía seguir cediendo a mis ruegos. Debió creer que era mejor zanjar el asunto con una despedida formal, como quien rompe una relación cara a cara, como debe ser, y no por WhatsApp. Prefirió, pues, que cortara por lo sano el vínculo que nunca debía haberse creado con Pedrito, que solo nos podía traer complicaciones si un día se iba de la lengua.

Le prometí que aquella sería mi última cita con él y que no volvería nunca más a la casita blanca. Mi pobre hermana no podía imaginarse al encuentro de quién iba en realidad. Y lo que ignorábamos ambas era que yo no volvería de esa cita, ni a la hora ni el día previsto. 


jueves, 30 de marzo de 2017

La casita blanca (Capítulo 2)


A pesar de la innata tozudez de mi hermana, una tarde logré lo impensable: persuadirla para que, en lugar de echar la siesta, una obligación impuesta por nuestra madre y que ambas detestábamos, fuéramos a explorar los alrededores de la alberca donde nos bañábamos todas las mañanas hasta la hora de comer. La alberca era nuestra piscina particular y un lugar seguro para el baño, a diferencia del río, al que teníamos terminantemente prohibido acercarnos. Aun así, a pesar de que el agua nos llegaba, de puntillas, hasta el cuello, y sabíamos nadar como pescadillas ─como decía la tía Engracia─ nunca nos dejaban solas, ni dentro ni fuera del agua. “Lo que no ocurre en un año, ocurre en un instante” ─repetía sin cesar nuestra tía, aunque, en realidad, lo decía en catalán, que suena mejor porque rima─. Yo siempre he creído que esa sobreprotección a la que nos tenían sometidas, hizo de mi hermana un ser aún más temeroso y asustadizo. De ahí que me extrañara tanto que accediera a “fugarse” conmigo por la ventana aquella calurosa tarde de agosto. Supongo que el hastío también había hecho mella en ella y, por otra parte, aunque nunca ha querido reconocerlo, yo, siendo la pequeña, le infundía seguridad. 

Es bien sabido que no hay nada mejor para exaltar la curiosidad infantil que prohibir a un niño hacer cualquier cosa. Por lo menos esa fórmula funcionaba en mí a las mil maravillas. Y es que siempre me he preguntado el porqué de las cosas. No hagas eso, no hagas aquello. A lo cual siempre preguntaba ¿por qué?, e indefectiblemente me respondían con esa frase tan odiosa de “porque lo digo yo y punto”. Pero para mí no había punto ni coma que valiera. Si no me explicaban la razón por la cual no podía hacer algo, me las ingeniaba para descubrirla. Por eso cuando un día, mientras mi hermana y yo decidíamos a qué jugar entre baño y baño, nuestros padres nos dijeron “y en ese bosque de ahí ni se os ocurra adentraros”, la aventura quedó irremediablemente servida.

Así que aquella tarde, contraviniendo la prohibición parental, decidimos ─bueno, lo decidí yo─ fugarnos. Armada yo con un bastón ─el del tío Anselmo, el difunto marido de tía Engracia─ y mi hermana con un palo ─que encontramos tirado por el camino─, nos dirigimos hacia la aventura, que no era otra que proceder a un reconocimiento del bosque que lindaba con la finca del señor Eusebio, el dueño de la alberca de nuestros baños diarios. De esta guisa, nos internamos en el bosque, yo abriendo paso con el bastón bien sujeto a mi mano derecha, y mi hermana pisándome literalmente los talones blandiendo el palo a diestra y siniestra para espantar cualquier bicho que quisiera atacarnos. 

Y así fue como, tras un largo trecho siguiendo una angosta senda y tras múltiples rasguños producidos por las ramas que se empeñaban en cerrarnos el paso, llegamos a un claro. Y entonces la vimos. No pudimos evitar exclamar un “oh, qué chula”. Tal exclamación admirativa iba dirigida a una casa, a todas luces abandonada, que parecía estar esperando nuestra visita. ¿De quién sería esa casa? Y ¿qué hacía en medio del bosque? Como mi hermana era una bocazas, le hice jurar que no diría nada a nuestros padres ni a nadie. De lo contrario, no solo nos echarían una bronca de padre y señor mío, por habernos fugado y saltado la prohibición, sino que ya no podríamos volver nunca más allí pues la vigilancia a la que nos someterían desde entonces sería más propia para un reo peligroso que para unas niñas aventureras. Y teníamos que volver otro día ─al menos yo así lo deseaba con todas mis fuerzas─ pues, con tanto andar con tiento y sin rumbo fijo, habíamos perdido un tiempo precioso y ya no podíamos demorarnos más. La familia en pleno despertaría de su larga siesta veraniega de un momento a otro y nosotras debíamos estar dónde se esperaba que estuviéramos.

No sé cómo mis padres o nuestra tía, a la que no se le escapaba el más mínimo detalle, no se percataron de que algo raro ocurría. A la hora de cenar, sentados alrededor de la mesa, Clara no cesaba de mirarme de reojo y de comportarse de una forma extraña, ella que era la formalidad personificada. Vertió su vaso de agua dos veces sobre el mantel, derribó su silla al levantarse para ir a la cocina a por más agua, casi se le caen los platos al retirarlos de la mesa y no dejaba de sobresaltarse cada vez que alguien le dirigía la palabra.

Aquella noche ninguna de las dos pudo pegar ojo, pero por motivos muy distintos: ella por la impresión de la experiencia y el temor a ser descubiertas ─¿y si nos ha visto alguien?, no paraba de decir─, y yo por el entusiasmo que me había despertado aquel descubrimiento. Dicho esto, no es de extrañar que, a la mañana siguiente, nos enzarzáramos en una agria y violenta discusión. Clara se negaba rotundamente a volver al bosque para explorar la casa, como si esta se hubiera convertido de repente en la casita de chocolate del cuento de Hansel y Gretel. 

Podía haber ido sola, pues agallas no me faltaban, pero prefería tenerla conmigo de cómplice que en casa como delatora. Visto que su negativa superaba con creces a mi poder de persuasión, no me quedó más remedio que optar por algo que siempre he considerable deleznable: el chantaje. Mi hermana guardaba un terrible secreto que solo yo conocía: estaba enamorada de un chico de su clase con el que se intercambiaba notitas de amor, que ella leía a escondidas. Hasta que un día la pillé con las manos en la nota. ¡Vaya secreto el suyo! Pobre Clara, siempre tan pánfila e inocente. Hasta yo, a mis seis años, sabía que aquello no era algo vergonzoso e inconfesable, pero ella creía que, de saberlo nuestros padres, le caería una penitencia de por vida. Así que, sin ningún tipo de escrúpulos ni remordimiento alguno la chantajeé. Si no me acompañaba se lo contaría a nuestros padres y, algo peor, en presencia de tía Engracia. Obviamente claudicó muy a su pesar. Creo que desde aquel día me odió un poquito más.

La mala suerte hizo, sin embargo, que nuestra segunda visita a la casita blanca sufriera un pequeño percance. En realidad, solo fue pequeño para mí. A mi hermana la miedica le puso los pelos de punta. Después de aquello no tuve más remedio que prescindir de su compañía.

Cuando llegamos a la casita y entramos para curiosear ─yo prefería llamarlo investigar─, no observamos nada fuera de lo común. En honor a la verdad, yo era quien investigaba, mirando por todos los rincones, porque Clara se dedicó a vigilar como un perro guardián. Así fue como ella lo descubrió. Gritó como una posesa diciendo que había alguien merodeando entre los árboles. Había visto moverse unos arbustos y luego a alguien ocultándose entre el espeso follaje. Sus gritos histéricos debieron oírse a kilómetros a la redonda. No sé cómo no llegaron a despertar a nuestros padres y a todo aquel que en el pueblo estuviera echando la siesta. Cuando salí corriendo al claro solo vi a una bandada de pájaros alzando el vuelo, asustados por aquel alarido más propio de una película de terror. 

Por toda respuesta a mis preguntas, solo atinaba a señalar con el dedo índice el lugar donde había visto el movimiento sospechoso. Para disuadirla de que todo había sido resultado de su imaginación, me dirigí sin dudarlo hacia donde apuntaba su dedo acusador, a pesar de sus ruegos para que no lo hiciera. Cuando ya estaba a escasos metros del lugar, yo también percibí que allí había algo o alguien agazapado, observándonos. Me quedé helada. No sabía qué hacer. Y entonces recordé que mi padre nos contó en una ocasión que un cazador se topó cara a cara con un oso. En lugar de huir, se quedó inmóvil y a continuación le gritó con tanta furia, mientras agitaba los brazos como si quisiera levantar el vuelo, que el animal se alejó sin siquiera intentar atacarle. Así que, simulando una valentía que se me escurría piernas abajo, hice lo mismo ante lo que fuera que estuviera ahí delante. El caso es que mi treta funcionó, pero en lugar de alejarse, una sombra decidió abandonar su escondite para salir a la luz del día. Tanto Clara como yo nos quedamos boquiabiertas.

Era un hombre mayor pero su forma de hablar y de gesticular parecían las de un niño. Iba muy sucio, desaliñado y sin afeitar, y su dentadura, o lo que quedaba de ella, estaba horriblemente ennegrecida. Andaba encorvado, lo más parecido al jorobado de Notre Dame. Su miraba, como la de un loco, daba pavor, pero enseguida me percaté de que no era peligroso. Aun así, mi reacción involuntaria fue dar unos pasos atrás gritándole que se alejara o de lo contrario ─inocente de mí─ llamaría a mi padre. Pero por sus gestos y muecas entendí que no quería hacernos daño y que lamentaba habernos asustado. 

Aquella tarde, ya de vuelta, el nerviosismo de mi hermana era tan evidente que, para no alertar a toda la familia, decidí recurrir a nuestra tía, a la que prácticamente acorralé en un aparte. Gracias a mi astucia pude endosarle una historia que, por un lado, esperaba que tranquilizara a mi hermana y, por otro, pudiera aclararnos la identidad de aquel que nos había abordado en el claro. Le conté que aquella tarde habíamos visto rondando por la calle a un hombre, al que describí como el del bosque, y que Clara estaba muy asustada pensando que podía ser alguien peligroso que andaba merodeando con malas intenciones.

─Ese es Pedrito ─afirmó categóricamente nuestra tía─. Si lo volvéis a ver, no os asustéis. No es nada peligroso, el pobre.

Pedrito era lo que por aquel entonces la gente llamaba un retrasado mental o, de forma más familiarmente burlona, el tonto del pueblo. Según nos contó nuestra tía, tendría unos cincuenta años ─nadie lo sabía a ciencia cierta, ni siquiera él mismo─ y vivía solo. Generalmente se refugiaba en una casa abandonada en el bosque, pero siempre andaba de un lugar a otro. Habían pensado en internarlo en un centro psiquiátrico, pero todos en el pueblo consideraron que sería un acto cruel. A fin de cuentas, no hacía daño a nadie y allí era feliz. La gente le daba comida y ropa, y en el bar siempre tenía el desayuno gratis. También cazaba. Ponía trampas para pájaros y otros pequeños animales, que luego se comía. Se conocía el bosque como la palma de su mano.

Después de esa explicación, hubiéramos debido quedarnos totalmente tranquilas, pero una zozobra tampoco nos dejó dormir aquella noche. No era por ese hombre que tanto nos había sobresaltado, y que ahora sabíamos inofensivo, sino por lo que él nos había contado sobre la casita blanca.


sábado, 25 de marzo de 2017

La casita blanca (Capítulo 1)


Para los niños, las vacaciones de verano suelen ser la mejor época del año y, probablemente, de su vida. Por lo menos para alguien como yo, que conserva los recuerdos de la infancia como una piedra preciosa y no como un trasto inútil guardado en un baúl. Hay quien dice que tengo una memoria portentosa. Sin ir más lejos, mi hermana, siendo solo un año y medio mayor que yo, no recuerda casi nada de aquellos tiempos tan felices para mí. Yo, en cambio, puedo rememorar con nitidez hechos y sucesos acontecidos cuando solo contaba con cuatro años. Ella me dijo, en una ocasión, que lo mío se llamaba hipertimesia ─lo llevaba anotado en un papel─, que lo había leído en alguna parte ─ya no se acordaba dónde─, y ante mi cara de interrogación, se apresuró a aclararme que significaba sencillamente que tenía una memoria fuera de lo normal. 

Pero no creo que se necesite tener una retentiva extraordinaria para recordar lo que sucedió en aquel pueblecito de montaña ─cuyo nombre prefiero omitir─, donde nuestros padres nos llevaron a veranear cuando éramos pequeñas. Clara, mi hermana, dice que lo único que recuerda de aquellas vacaciones es la extraña desaparición de la que fui objeto, que trajo de cabeza a mis padres, a la guardia civil y a todo el pueblo durante cuarenta y ocho horas, y mi posterior aparición en la casa abandonada donde solíamos jugar las dos:  la casita blanca.

Las visitas a la casita blanca era nuestro secreto, pues teníamos terminantemente prohibido alejarnos más de veinte metros de la casa de nuestra tía abuela Engracia ─aunque para nosotros era simplemente la tía Engracia─, que, siendo viuda sin hijos, nos invitó a compartir con ella aquel mes de agosto. “Las niñas necesitan el aire puro de la montaña. ¿Dónde mejor van a estar que aquí, con el bochorno que hace en Barcelona en esta época del año?”, no se cansó de repetir la buena mujer. Y como nuestros padres no podían permitirse unas vacaciones de pago, acabaron accediendo.

Lo único malo del lugar era la falta de niños de mi edad con los que jugar, porque mi hermana era un muermo. Además de ser una mandona y una chivata, tenía otro defecto aun peor para mí: era una pusilánime. Sus juegos eran de lo más aburrido e ingrato porque siempre se tenía que hacer lo que a ella le venía en gana, sin contar para nada con mi opinión. No había forma de convencerla para hacer algo fuera de lo común, algo mínimamente interesante y atrevido. Se negaba en redondo y me amenazaba con ir a contárselo a nuestros padres. “Mamá, Julita quiere hacer esto, papá, Julita ha hecho aquello”. Julita era yo, claro, para diferenciarme de mi madre, a quien todos llamaban Julia, señora Julia, o incluso había quien se dirigía a ella como Doña Julia. A mí se me hacía raro que la llamaran así, me daba la impresión de que de pronto dejaba de ser nuestra madre para convertirse en una extraña.

El verano de 1956, el que pasamos en aquel “pueblo encantado”, como me gusta llamarlo, fue, sin lugar a dudas, especial e inolvidable. Para mis progenitores, en cambio, fue un “veranus horribilis”, como solía decir mi padre, que de latín sabía tanto como yo de griego, es decir nada. Después del “incidente”, como algunos lo calificaron, mis padres se negaron a volver a aquel lugar, del que durante muchos años guardaron el peor de los recuerdos. Lo que más me dolió fue el alejamiento que ello supuso de mi tía Engracia, a la que le había tomado cariño. La mujer debió pensar que la negativa de mis padres a repetir la experiencia veraniega era debida a que la hacían en cierto modo responsable de lo acontecido por haber sido la inductora de nuestra estancia allí. Después de aquello, mis padres y ella solo se hablaban por teléfono, y poco a poco ese contacto se fue espaciando cada vez más. Al cabo de unos años, el fallecimiento de mi tía obligó a mis padres a pisar de nuevo aquellas calles empinadas para asistir al sepelio y despedirse definitivamente de la casa y del pueblo que una vez nos acogió. Yo quise acompañarles, pues ya era una adolescente, pero se opusieron. Debía quedarme con Clara. Otra vez mi hermana mayor me impedía hacer lo que deseaba. Aunque quizá prefirieron que nadie en el pueblo reconociera a esa niña embrujada, como algunos me llamaron tras el “incidente”. 

Yo tenía entonces seis años. Los había cumplido en junio. A mi hermana le faltaba cuatro meses para cumplir ocho. Nos llevamos dieciocho meses exactos, pues las dos nacimos un 17, yo a finales de primavera y ella a finales de otoño. Quizá a ello se deba la gran diferencia de carácter. Ella siempre triste y apagada y yo tan alegre y animada. 

Yo era la pequeña y así quedó la cosa. Mis padres no quisieron o no pudieron darnos más hermanos. Cuando les pregunté el motivo, mi padre me contestó que cuando yo nací rompieron el molde. Mi madre afirmó, en cambio, que cuando mi padre vio que solo sabía hacer niñas, cerró el grifo. Yo no entendí lo que querían decir con eso del molde y del grifo y así se lo hice saber, ante lo cual se echaron a reír y ya no me atreví a insistir. Y cuando se lo pregunté a mi hermana, soltó un bufido, dándose aires de superioridad, y se largó dejándome con la palabra en la boca. Pero creo que ella tampoco sabía lo que significaba aquello. Lástima, porque a mí me hubiera gustado tener un hermano con quien jugar, porque jugar con Clara era una lata. Para ella lo más divertido consistía en disfrazarme de lo que se le antojaba, como si yo fuera su muñeca. A veces jugábamos a princesas. Bueno, en realidad ella se reservaba el papel de princesa y a mí el de su criada. Y cosas por el estilo. 

En casa me inventaba cualquier excusa para no jugar con mi hermana o bien invitaba a alguna de mis amigas con las que ella no congeniaba. Así pues, en Barcelona cada una se las apañaba por su cuenta. Pero en aquel pueblo al que fuimos ese verano era distinto. Ninguna de las dos teníamos a nadie más con quien jugar. No había niños ni niñas de nuestra edad. Era un pueblo de muy pocos habitantes y todos viejos. Y con muchas casas deshabitadas, sin vida, incluida la escuela. ¿Para qué tener una escuela si no había niños? La gente joven hacía años que se había marchado. Los únicos que se habían quedado eran el cura y el médico, aunque de jóvenes no tenían nada. Don Rafael, el médico, tenía que atender a los habitantes de varios pueblos y pedanías de la zona. Era un hombre muy agradable, del que guardo un grato recuerdo. Me cuidó muy bien cuando lo del “incidente”. Don Pedro, el cura párroco, en cambio, no se movía del pueblo. Solo hacía misa en la destartalada ermita del siglo XI, que milagrosamente se mantenía en pie después del incendio que sufrió durante la guerra civil a manos de un grupo de milicianos. Al menos eso es lo que me contaron cuando pregunté por qué estaba en aquel estado tan ruinoso.  Así pues, la gente de los alrededores, si quería oír misa, tenía que hacer una peregrinación hasta el pueblo. Él decía que, a su edad, ya no estaba para trotes. A diferencia de Don Rafael, Don Pedro era un cascarrabias. 

El pasatiempo preferido de los hombres del pueblo consistía en frecuentar el bar de la plaza ─el único que había─ y el de las mujeres la misa de los domingos y fiestas de guardar. No se celebraban fiestas ni bailes, no había nada que hacer salvo ir de excursión, cosa que hacíamos muy de vez en cuando porque la cojera de mi padre ─una bala le había dejado una dolorosa secuela en la pierna izquierda, recuerdo de la guerra─ no le permitía caminar largos trechos, ni había distracción alguna que valiera la pena, y menos para un niño. Por eso aquel día decidí escapar de la monotonía. 

Yo me habría pasado los días correteando por el monte o pateándome el pueblo de arriba abajo ─aunque, aparte de perros y gatos, poco movimiento se veía por las calles─, pero a mi edad no me dejaban ir sola a ninguna parte, ni siquiera con mi hermana. Ahora lo encuentro lógico. ¡¿Cómo iban a ir solas por ahí dos niñas de seis y siete años y medio?! Por eso no podíamos hacer nada que no fuera en presencia de nuestros padres o de nuestra tía. Pero entonces se me hacía incomprensible e intolerable, y cada vez que uno de ellos me amonestaba por alejarme más de lo debido, exclamaba, haciendo aspavientos: ¡Jo, qué rollo!

Después del “incidente”, mi hermana se empeñó en que yo era una niña mimada, por ser la pequeña. Pero la poca diferencia de edad que nos separaba no podía ser la causa de esa presunta predilección. Estoy convencida de que mis padres no hacían distingos. Nos querían a las dos por igual. Yo creo que esa creencia errónea de mi hermana nació de su mente infantil, que no supo interpretar la gravedad de la situación y la desesperación de unos padres ante el hecho de que su hija de seis años haya desaparecido sin dejar rastro. 

Aun hoy, cuando recordamos aquel verano, Clara sigue preguntándome lo que realmente me ocurrió durante las cuarenta y ocho horas que estuve desaparecida. Y yo, sesenta años después, sigo contestando lo mismo que dije y repetí en su día. Y al igual que hicieron mis padres y todos los que intervinieron en mi búsqueda, ella sigue afirmando que eso es imposible. Y quizá tenga razón.


jueves, 16 de marzo de 2017

La nieve


La nieve cae cada vez con más intensidad. Hacía años que no había visto nevar tan copiosamente. Esta cortina blanca y espesa no me deja ver más allá de unos pocos metros. El viento contribuye a que la sensación de frío sea todavía más intensa. ¿Por qué aceptaría venir a pasar el fin de año en este lugar tan apartado?

Hay víveres suficientes para todo un mes. Así pues, la alimentación no era un problema. Lo único que me preocupaba era el frío. La cabaña no dispone de electricidad, por lo que la única fuente de calor es el fuego de la chimenea. “Lo tenemos todo controlado”, dijo Quim. “Nosotros nos encargaremos de todo”, añadió Nando. “Tú solo tienes que conducir”, concluyeron ambos.

Sin embargo, nadie pensó en la leña. Y me ha tocado a mí resolver el problema. Pero como soy muy torpe con el hacha, las ramas que he hallado por los alrededores están demasiado húmedas y los caminos están intransitables, no he tenido más remedio que hacer lo que he hecho.

Y ahora estoy aquí, en medio del temporal de viento y nieve, de vuelta a la cabaña, arrastrando un desvencijado carretón repleto de leña que, por fortuna, he podido comprar en el pueblo más cercano.

No sé cuánto debo llevar andando. He perdido la noción del tiempo. Ha oscurecido. Tengo las manos y los pies como témpanos de hielo. Casi no los siento.

Aquí no hay cobertura. El móvil es un trasto inútil. Espero acabar encontrando el camino correcto. Pero no veo ninguna señal que me oriente. Mis pisadas deben haberse desvanecido hace horas. Estoy agotado. Descansaré unos minutos.

¡Qué fría es la nieve! Cada vez cae con más fuerza. ¿Cuánto tiempo tardará en cubrirme? Tengo mucho sueño. Se me cierran los párpados. Nunca me hubiera imaginado que terminaría el año así, bajo una gruesa sábana de nieve y sobre un lecho de hielo. Solo me gustaría saber si me echarán mucho de menos.